26/04/2017
La katana, considerada como el arma blanca más perfecta de la historia, era el símbolo de la clase samurái. Durante siglos (desde finales de la era Sengoku en el XVI) solo esta casta de guerreros pudo ceñirla a la cintura, y siempre se portaba de dos en dos: era la pareja llamada "daisho", formada por la "katana" (o sable largo) y la "wakizashi" (sable corto).
La katana de una familia samurái estaba imbuida de un elevado valor simbólico y material, y su elaboración podía requerir meses de trabajo en la forja. El herrero debía elevar la temperatura del horno por encima de los 900º centígrados, lo que requería alimentar la forja durante más de un mes con carbón; el ladrillo de acero empleado (tamahagane) era golpeado hasta extenderse y poder doblarse sobre sí mismo, proceso que se llegaba a repetir hasta en 3.000 ocasiones para obtener una hoja libre de impurezas.
Debe tenerse en cuenta que los aceros empleados en la antigüedad contenían más impurezas que un acero industrial moderno, lo que hacía que las piezas fueran más quebradizas. El acero toledano, por ejemplo, era de más calidad que el tamahagane japonés, pero los herreros de Toledo no trabajaban una pieza durante meses mediante el sistema de plegado, que permitía obtener un acero extremadamente depurado. Eso explica el que una espada europea media pudiera ser de más calidad que la hoja blandida por un ashigaru, pero los sables familiares de los clanes samuráis (que tardaban meses en forjarse) eran de una calidad difícilmente igualable.
A ello debía sumarse una técnica única empleada por los herreros japoneses: se combinaban dos aceros de diferente dureza y diferente templado en una única hoja, siendo extremadamente duro (aunque más frágil) el del filo, y más flexible y resistente el del cuerpo. Esta combinación obtenía una hoja muy cortante pero con una gran capacidad para absorber golpes, lo que la hacía extraordinariamente duradera en el combate.
No se consideraba la katana como un simple arma, sino que se creía que albergaba el alma misma del samurái que la empuñaba, por lo que su consideración estaba muy por encima de la de una mera herramienta. Eran una vía de perfeccionamiento espiritual, un camino de vida y muerte.
(En la fotografía, Otani-sensei ejecuta un movimiento de "chiburui", un golpe seco al aire con el que se sacudía la sangre de la hoja antes de envainarla).