13/06/2026
Carretera N-VI
Recorriendo Paisajes, Historia y Mis Raíces Familiares
PARTE IV
Capítulo 2
Mis Raíces Segovianas
Segovia tiene un aire castellano muy sobrio y elegante, con mucha piedra dorada, calles medievales y un enorme peso histórico. Lo más famoso es su impresionante Acueducto, construido por los romanos hace casi dos mil años y todavía asombroso por su tamaño y conservación. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO junto con el casco antiguo de la ciudad.
Otra joya arquitectónica y cargada de historia es el Alcázar de Segovia. La reina Isabel I lo utilizó como residencia principal y fue proclamada reina de Castilla allí, en 1474. Y si te parece un castillo de cuento, estás en lo cierto: el mismísimo Walt Disney se inspiró en él para crear el castillo de Walt Disney World, el “Cinderella Castle” (castillo de Cenicienta).
También destaca la Catedral de Segovia, conocida como “la dama de las catedrales”. Es una de las últimas grandes catedrales góticas construidas en España. Originalmente, su torre terminaba en un enorme chapitel de madera de caoba traída de América, alcanzando unos 108 metros de altura, lo que la convirtió en la torre más alta de España durante el siglo XVI. Pero el 18 de septiembre de 1614, durante una tormenta eléctrica, un rayo provocó un incendio que la destruyó. Posteriormente, la parte superior fue reconstruida en piedra, con un estilo más sobrio, aunque perdió unos 20 metros de altura, quedando en los actuales 88 metros.
Cada vez que he ido a Segovia me ha parecido digna de contemplar… Sus calles, obras, gentes, comercios, lugares… todo tiene un “toque mágico”. Y no sólo para mí.
Aunque históricamente fue ciudad romana y luego medieval castellana, y aunque allí convivieron cristianos, judíos y musulmanes durante siglos, para mí lo más valioso es “La Casa de la Cara”. La casa donde vivió mi familia paterna, donde nació mi padre e incluso donde vivieron mis padres, mi hermana y un hermano que trágicamente murió arrollado por un conductor ebrio cuando, junto a mi hermana y una prima, regresaban caminando a casa.
Situada junto a la muralla, entre la calle Padre Scio y la bajada de la Canaleja, estaba “La Casa de la Cara”, como se la conocía localmente porque, con un poco de imaginación, sus dos ventanas superiores simulaban los ojos; las dos inferiores —más juntas entre sí— serían los orificios de la nariz, y más abajo, una puerta hacía de boca… Esa fue la casa de mis abuelos, padres y hermanos… hoy es una añoranza familiar.
Tras el corto recorrido andando desde “La Casa de la Cara”, vuelvo a pasar por debajo del acueducto cuando regreso a buscar la moto. Reposto combustible y bordeo la ciudad para ver la catedral desde las afueras. Luego sigo hasta el mirador desde donde se aprecia el Alcázar desde abajo, delatando el porqué de su estratégica ubicación y de esa construcción en forma de proa de barco… Otros tiempos… Otras obras… Otras artes…
Cierro capítulo en Segovia y tomo la carretera hacia Sanchonuño, el pueblo de mi familia materna. Atravieso los pinares por los que, de joven, mi padre cazaba. También contaba que, en mitad de la negra noche, muchas veces corría riesgo de ser capturado mientras “contrabandeaba” harina de trigo y otros alimentos desde Sanchonuño hasta Segovia, intentando paliar el hambre causada por la escasez y el racionamiento de la posguerra civil.
Llegué a Sanchonuño pasada ya la hora de la comida. Atravieso el pueblo por su vía principal, pero regreso al restaurante que había visto al entrar. Como y luego salgo a recorrer el pueblo con calma.
Sanchonuño es un pequeño pueblo segoviano muy ligado a la tierra y a la agricultura castellana. De hecho, muchas personas lo consideran “la capital de la huerta segoviana”. Su historia es antigua: en la zona se han encontrado restos de la Edad del Bronce y vestigios visigodos. El pueblo aparece documentado ya en el año 1247 y su nombre procede del caballero medieval Sancho Nunno, quien lo repobló durante la Reconquista.
Es uno de esos pueblos castellanos tranquilos, de vida sencilla y muy auténtica, donde todavía se percibe una fuerte relación con el campo, las estaciones y las tradiciones familiares.
Mientras recorría sus calles y edificaciones principales, me decía —o quizá sentía—: “Por estas calles anduvo mi madre. A esta iglesia vino, y a esta plaza también durante las fiestas del pueblo”. Me preguntaba dónde habría quedado la escuela a la que iba… cuando podía.
De familia humilde y agricultora, contaba mi madre que, bien fuese porque era invierno, porque llovía o porque no era época de trabajo, sólo iba a la escuela cuando NO se podía trabajar la tierra. No tenía muy buena letra y escribía con errores ortográficos… pero era buena con las cuentas, el baile, la cocina, las risas, el trabajo y las plantas. Pero más aún, con su familia, amistades y el prójimo en general…
Como si pudiera hacer que, a través de mis ojos, ella viera su pueblo una vez más, contemplé con enorme atención la iglesia, las callejuelas, las esquinas y el ayuntamiento frente a la plaza mayor… Miraba y “recontramiraba” cada rincón.
Por la precaria situación económica en la que estaba sumergida España, a mi padre —que era un excelente ebanista— los trabajos que le salían eran simples reparaciones de carpintería que no daban para cubrir gastos ni mantener a su familia. Entonces fueron a probar suerte en Sanchonuño. Pero resultó que gran parte de los trabajos que hacía se los pagaban con comida… Volvieron a Segovia y, poco después, emigraron a Venezuela.
En Sanchonuño vivieron en una casa junto a una laguna. Por la descripción de mi hermana traté de encontrarla o, al menos, ubicar el lugar donde estuvo. Quizá la vi. Quizá estuve junto a ella… pero no supe ubicarme ni reconocerla. Quizá había otra laguna y no estaba en el lugar correcto… No hubo manera. Tal vez algún día pueda volver con mi hermana.
Retomé la ruta con dirección a Medina del Campo para volver a conectar con la N-VI y apenas saliendo de Sanchonuño, y de un cielo que llevaba rato muy nublado, comienzan a caer gotas. No he terminado de superar el malestar, como de gripe, así que de inmediato me detengo en una parada de autobús y me pongo el traje impermeable.
Ya en Medina del Campo voy a ver el Castillo de la Mota, pero cada vez más, el cielo sigue encapotándose en amenaza de lluvia, y retomo ruta.
Decido quedarme en La Bañeza, donde las carreras de motocicletas hicieron su aparición por primera vez en 1952 como aliciente encandilador de sus fiestas patronales. Dos años más tarde nació oficialmente el Moto Club Bañezano, formado por aquellos hombres que comenzaron a organizar aquellas carreras. Desde su nacimiento hasta 1979, las competiciones encontraron ubicación en un determinado espacio urbano, al que regresarían en un segundo periodo durante la primera mitad de los años noventa. En los años ochenta y desde 1996 hasta la actualidad, el circuito ha ocupado otro espacio, con variaciones, añadiendo calles, curvas, recovecos y cambios de dirección… todo lo necesario para salvaguardar tan mágico evento, reinventado generación tras generación por el Moto Club Bañezano.
A unos tres kilómetros antes de la ciudad me hospedo en un hotel junto a la carretera N-VI. Descargo las alforjas de la moto y, ya por la hora y sin cambiarme de ropa, doy una vuelta por la ciudad. Ceno una muy buena hamburguesa y regreso al hotel justo cuando comenzaba a llover…
No para de llover.
Me ducho, voy a dormir… y no para de llover…