06/02/2026
Un dojo tiene una existencia impráctica. No es un club social, un centro recreativo ni una empresa, ni siquiera una sala de entrenamiento o una escuela, como se le ha tratado mayormente en Occidente, sino un lugar sagrado. No es el tipo de lugar que aparece al instante al colocar los tatamis, sino uno que existe físicamente en algún lugar, se use o no constantemente. Es un desperdicio, en términos comerciales, considerando el tamaño del espacio, y tal impracticabilidad puede ser fatal para un dojo en su lucha por sobrevivir.
Considero que la vida del dojo es una existencia impráctica en relación con nuestra consciencia normal, de ganancias y pérdidas, y, como tal, es de vital importancia para él. Normales o anormales como seamos, y mientras luchamos por sobrevivir en esta sociedad competitiva y materialista, debe haber un espacio en algún lugar que exista para algo más allá de nuestro sentido práctico.
Nuestra gran necesidad del dojo, que espera ahí fuera vacío y sin uso, para que regresemos a él cada día, es lo que le da su propósito como lugar sagrado. Un lugar vacío donde esa supuesta practicidad, basada en la conciencia de ganar-perder, con su consiguiente conflicto y aislamiento, puede neutralizarse mediante una contraexistencia.
—Kazuo Chiba–