10/10/2026
Una tarde en el Pérez Art Museum Miami. Sin planes, sin compañía física y sin ninguna prisa.
Volví a encontrarme con Carlos Cruz-Diez y descubrí nuevos matices en obras que ya conocía. Me detuve frente a Basquiat, a quien amo profundamente. Hay algo en su arte que no solo me conmueve: me hace vibrar el cuerpo. Otras obras me intrigaron, algunas me encantaron y otras simplemente no conectaron conmigo. Esa es también la maravilla del arte: la libertad de sentir sin tener que justificarlo.
Luego terminé en Verde Miami, el restaurante del museo, cuya cocina está a cargo de la chef venezolana Valeri Fuentes.
Me sorprendió una arepa de remolacha con una textura extraordinaria: crujiente por fuera, suave por dentro, capaz de sostener salmón, huevo y salsa holandesa sin perder su esencia. Y un mocha de leche de almendras cuya sedosidad, temperatura y equilibrio entre el dulce y el amargo del chocolate merecían su propia exhibición.
Algo me fascinó especialmente: cómo los colores, las formas y la creatividad del restaurante parecían dialogar con el arte del museo. Como si la experiencia no terminara al salir de las galerías, sino que continuara en el plato y en la taza.
Una conversación inesperadamente rica con alguien del restaurante me permitió descubrir cómo la cocina y el museo se inspiran y se alimentan mutuamente.
Me fui pensando que disfrutar algo no es solo verlo, probarlo o escucharlo. Es detenerse, prestar atención, descubrir sus capas y encontrar conexiones donde otros quizá solo ven casualidades.
Y entre tantas sensaciones apareció también un recuerdo: mi hermana me abrió las puertas de un mundo que hoy recorro con mis propios ojos. Así que de alguna manera estuvo presente en ese encuentro.
Fui sola. Pero estuve maravillosamente acompañada por mi curiosidad, mis sentidos, mis recuerdos, mis experiencias y las conversaciones que surgieron en el camino.
Hay días que no necesitan planearse para convertirse en memorables.
Qué lujo poder vivir una tarde así.