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EL RÍO TAPADOEntre los variados pastizales que abundan en el majestuoso Jacayachu, un místico cerro con piel ígnea y ext...
13/02/2024

EL RÍO TAPADO

Entre los variados pastizales que abundan en el majestuoso Jacayachu, un místico cerro con piel ígnea y extremadamente acre, muchos venados, incontables vizcachas i aves exóticas viven a expensas de la infinidad de covachas, túneles enmarañados, verdes laderas y peñas, pero a merced de diligentes zorros, algunos cazadores y otros depredadores como gavilanes, águilas y el ecologista cóndor.
A estos clementes senderos venía desde el valle de Huaylillas un ufano cazador muy profesional, de porte atlético y la envidiable habilidad para driblear riscos y fondos llevando en su dolida talega amuletos y provisiones para subsistir y pagar al cerro. Él rápido regresaba con su presa.
Un día entre la placidez de media mañana, cuando el rutinario sol incrementa su extremado ego, figurando habilidades de indulgente felino perseguía a un raro venado, este venturoso animal parecía un dibujo tridimensional, poseía inusuales cuernos ganchudos con musgo adherido como robusto pelaje. Estaba por el lugar llamado Ushno de Cal, a unos quinientos metros del Cerro Blanco. Se sobresaltó sintiendo unos martillazos cardiacos en el pecho ya que al gatillar su arma el frágil fulminante no percutaba, pero seguía motivado por un magnetismo insaciable de abrumada adrenalina hasta que tropezó con una serena acequia de abundante agua cristalina, cuyo sonido milenario frenó su ímpetu arrítmico. Bajo sus pies se alineaba una envidiable canaleta, incitante arquitectura en piedra visible unos metros en medio de abundante vegetación.
—Qué dejados son los jucusbambinos, si yo fuera uno de ellos lo bien que estaría solo con esta agua; es cierto lo del río tapado, existe, y la gente cree que solo es un cuento —pensó—. Y prosiguió la cacería, pero antes, se fijó con mucha atención en unas lajas que le servirían de puntos referenciales para que otro día pueda ubicar el agua y ver qué hace con ella.
Al cabo de una semana regresó, sabiendo que en la seca ladera hay agua, esta vez no trajo su porongo, pues a menos peso más agilidad, caviló. Era hora de almorzar y cuando se puso a comer su máchica pensó que para digerir más rápido necesitaba agua, entonces recordó la acequia y se dirigió al lugar. Al aproximarse algo insólito notó: el lugar era diferente y las lajas referenciales eran minúsculas piedritas. Nada encontró, entonces creyó que había sido un encanto y aquel venado el demonio.
Unos años antes, una madrugada don Mercedes Trujillo iba montado a caballo desde Trigopampa hacia Tayabamba, con motivo de las elecciones municipales. Al llegar al Alto, donde convergen los caminos que salen de Jucusbamba y Ucrumarca, su caballo se detuvo. Un sonido de agua se escuchaba entre las frías brisas matinales. De pronto, en el resplandor de la luna vio una acequia entre frescos montículos de húmeda tierra recién escarbada interpuesta en el camino. El agua se extendía tanto que el caballo no quiso saltar y se fue por otro lado por donde brincó tranquilo.
—Esos jucuches nos adelantaron, han destapado el río y se van a negar a compartirnos el uso del agua, en fin, como han tocado territorio ajeno y sin nuestro permiso tendremos que arreglar ante el juez— pensó. En Tayabamba, sorprendido hizo este comentario a quienes por detrás de él llegaron.
—Nada hay hombre, los caminos están como siempre pelados, seguramente has soñado o has madrugado borracho— le dijeron.
En esos años, Pedro Trujillo, después de pasar una larga Semana Santa como rezador, fue a traer leña del Alto Colorao, y de pasadita llevó sus ovejas a pastorear. En la mañana recogió su leña. Como había abundante pasto, sus ovejas rápido se saciaron; pasado el mediodía estaban todas echadas remoliendo unas y otras simplemente gozando de la sombra de las ramas. Pedro, sin ningún cuidado dobló su poncho y lo extendió en un lugar semiárido, se acostó y quedó profundamente dormido. Un frío inusual le despertó; se sentó tiritando y vio que estaba a punto de caer a un arroyo de agua blanquecina que corría en dirección del Jakayachu. Asustado, se puso de pie. No podía creer lo que veía, se pellizcaba y se golpeaba para saber si estaba despierto o soñando. Miró alrededor y sus ovejas no estaban; enseguida fue en busca de ellas. Cuando regresó, el lugar estaba totalmente diferente: no había ni rastro de alguna gota de agua. Como es un acérrimo religioso, decía que la Virgen lo salvó de un encantamiento y que su existencia lo debía a ella y a la coca. Pedro afirmó que en el Alto Colorao el agua del río estaría a punto de salir y que solo debían ir y excavar.
Otra señora, Cruz Trujillo, dejó su choza para dirigirse hacia Tayabamba a comprar sal. Para cortar camino se fue por el alto, como tradicionalmente se dice: "alto, alto para más rápido llegar". Cuando ella se acercaba a la laguna en medio de los quinualitos escuchó un ruido similar al de la acequia de Uchutranca. Se acercó sigilosa a observar y, efectivamente, vio una acequia acanalada y con abundante agua que se perdía en el tajo.
—Ya, qué será, nunca la he visto, será mala hora o alguien ya destapó el río— pensó. En esos años, a escasos metros de la laguna, en la loma denominada Las Piedras, dos pastorcitas, Teófila Quezada y Efigenia Meza, ingenuamente ingresaban por un hueco bajo el cerro y obtenían agua de una acequia en sus sombreros, la correntada era fuerte y quería arrebatar los sombreros de las niñas. Cuando ellas comentaron a los demás y fueron a comprobar se dieron con la sorpresa que el hueco se había derrumbado y una piedra descomunal tapaba el ingreso. Meses después ciudadanos jucusbambinos excavaron en la hoyada contigua a Las Piedras sin éxito, pero un ciudadano se alocó, él había acudido solo un día y lo recogieron convulsionando, después de semanas se recuperó y contó que un ser raro se le apareció y le habló, pero no logró entender sus palabras. Años después don Aurelio López intentó ensanchar el túnel de acceso, pero desistió al no tener apoyo y toparse con inmensas rocas.
En abril, aproximadamente en el año setenta del siglo pasado, don Liberio Meza y su esposa acudieron a la fiesta de Santo Toribio en Tayabamba. Al llegar a la quebrada de las Vizcachas, tropezaron con un inusual arroyo de agua el cual se bifurcaba en el camino, formando una isla donde podía asentarse un pie para saltar al otro margen sin mojarse.
—Al fin saltó el agua del rio— comentó él.
Detrás de ellos fue don Julio Quezada, quien al escuchar los comentarios dijo no haber encontrado nada, y asi fue. El mismo don Liberio, cierto día estaba en Jakayachu descansando para después recoger sus vacas para llevarlos al ojo de Quipash a dar agua. De pronto escuchó el ruido de un arroyo y se puso de pie para ubicar el lugar preciso, el movimiento de algunas verdes ramas que sobresalían de una ranura llamó su atención. Efectivamente, por sus raíces pasaba el agua. Quiso cerciorarse y se acercó para ver mejor, pero la sombra de una laja limitaba su visión. Se fijó bien en el lugar para volver al otro día más temprano y constatar qué cantidad de agua había. Al día siguiente, cuando llegó al lugar, no se acordaba dónde era, puesto que todo estaba diferente.
La leyenda del río tapado cobraba más vigencia con testimonios y tentativas de destaparlo, incluso por un ingeniero. Incluso, en la mina de La Paccha, en laboratorio, analizaron agua de Las Taras y, de Las Tinajas, concluyendo que es la misma.

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PRÓLOGO: Nicolás Hidrogo Navarro, Coordinador General de Conglomerado Cultural Perú-Internacional.
Narrador peruano - Hacedor Literario Neocreacionista.
Editorial Condorpasa

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