30/05/2026
Toda una historia la del gran Roberto Baggio.
Baggio: La historia más injusta del fútbol
Pasadena, California. 17 de julio de 1994. Final del Mundial. Un penalti y el mejor jugador del mundo. Chuta. Y el balón se va 3 m por encima del larguero. Brasil es campeón del mundo y Baguio se queda solo, inmóvil, cabizajo, en silencio. Esa imagen la has visto mil veces, pero lo que nadie te ha contado es todo lo que ese hombre tuvo que sobrevivir para llegar hasta ese punto de penalti.
Esta es una de las historias más injustas del fútbol. [música] Caldogno, Italia, 1967. Un pueblo de 11,000 personas en el norte de Italia. Veneto profundo, campos, iglesias y silencio. Ahí nació Roberto Bagio el 18 de febrero de 1967, el sexto de ocho hermanos. Su madre se llamaba Matilde, su padre Florindo, un serrajero apasionado del ciclismo y su nombre Roberto, fue un homenaje a dos leyendas de la Juventus y la selección italiana, Roberto Boninia y Roberto Betega, sexto de ocho.
En esa casa, para que alguien te mirara, tenías que hacer algo extraordinario y con 9 años ya lo hacía. Empezó a jugar en el equipo de barrio de Caldogno, la USD Calidonense. Y lo que hacía con un balón en aquellas calles empedradas era algo que nadie había visto antes. Con 11 años ya había anotado 45 goles, dado 20 asistencias en 26 partidos y marcado seis goles en un solo encuentro, seis goles en un partido con 11 años.
Esos números llegaron a oídos del Vicenza Calcio y entonces aparecieron dos personas que cambiarían su vida para siempre. El primero fue el párroco de la iglesia del pueblo, vio jugar a ese niño, habló con gente del Vicenza y puso su nombre sobre la mesa. El segundo fue el ojeador Antonio Mora, que fue a verlo jugar.
Lo vio hacer seis goles en un partido y en ese mismo momento supo que tenía que ficharlo. Así fue como el Vicenza lo incorporó a su equipo juvenil con 13 años por 500,000 liras, menos de 300 libras de la época. Así de barato le salió a la historia del fútbol uno de sus genios más grandes. En las categorías juveniles del Vicenza llegó a anotar 110 goles en 120 partidos. 110.
Y con 15 años debutó con el primer equipo en la serie C italiana. Su ídolo era Sicoo, un niño del Veneto que soñaba con jugar como los magos de Brasil. Eso ya te lo dice todo. Con 17 años era ya el ídolo de todo Vicenza. Sus genialidades eran impropias de alguien que jugara en una liga menor y en la temporada 1984 y 1985 anotó 12 goles en 29 partidos y llevó al equipo al ascenso a la Serie B.
La Fiorentina lo quería. La Sampdoria fue la primera en presentar una oferta, pero la Fiorentina llegó con los papeles listos y pagó al Vicenza 1,illón y medio de libras. Y entonces el destino le preparó la primera de sus trampas. 5 de mayo de 1985. Último partido de la temporada. Vicenza contra Rimini, el equipo del que era director técnico, un talo Sachi.
El mismo Sachi que años después sería seleccionador de Italia y volvería a cruzarse en su camino. Ballo marcó el gol del 1 a0 en el minuto 6 con un disparo de trayectoria imposible y al continuar la jugada se resbaló y la pierna se dobló hacia atrás de una manera que no debería doblarse nunca. Ligamento cruzado anterior.
Cápsula menisco. Rodilla derecha destruida. 18 años. Y esa lesión ocurrió dos días antes de que se firmara oficialmente su traspaso a la Fiorentina. Dos días. Lo operaron el 5 de junio en Centtién, Francia, con el Dr. Busquet. Le reconstruyeron la rodilla entera. Los médicos fueron brutalmente claros. Puede que no vuelva a jugar nunca.
Pero la Fiorentina, sabiendo perfectamente la gravedad de la lesión, no se echó atrás, mantuvo el traspaso y además financió toda la cirugía. Eso no se hace casi nunca en el fútbol. Y Bagio lo supo y desde ese día la Fiorentina fue para él algo más que un club. Fue su familia. Bagio se pasó toda su primera temporada en Florencia sin poder jugar un solo minuto en liga, recuperándose, esperando, sufriendo en silencio.
Y cuando por fin volvió al campo en otoño de 1986, jugó cinco partidos y entonces la rodilla volvió a romperse. 28 de septiembre de 1986, segunda operación. Esta vez todavía más grave. Le reconstruyeron la rodilla con 220 puntos de sutura internos. Perdió 12 kg porque no dormía, no comía, no podía hacer nada.
Y entonces llegó el momento más oscuro de toda su historia. Esto lo contó él mismo en su autobiografía. Una porta en el cielo. La rodilla la tenía inflamada como un melón y la sostenían barras metálicas a los lados. Tenía un dolor terrible y estaba destruido. El dolor me traspasaba el cráneo. Era alérgico a los antiinflamatorios y los que me aplicaban ni lo sentía.
Me sentía tan mal que una vez le dije a mi madre que si me quería que me matara porque no aguantaba más. Era un tormento las 24 horas del día. un chico de 19 años con la rodilla reconstruida dos veces diciéndole a su madre que lo matara para que parara el dolor. Los médicos dijeron que esta vez definitivamente no volvería al fútbol de alto nivel.
Y en ese agujero negro, a finales de 1987 apareció alguien. Su amigo Boldrini, practicante del budismo, lo vio hundido en la depresión más profunda de su vida y decidió hablarle de esa filosofía. le trajo libros, le explicó sus principios y Ballo encontró ahí algo que el fútbol no le había dado nunca. Paz interior, silencio, centro.
El 12 de enero de 1988 inició formalmente su camino en el budismo y desde ese día nunca más lo abandonó. Años después lo resumió con una frase que lo dice todo. Si no fuera por el budismo, quizá todavía estaría forjando hierro con mi padre en caldogno. Así nació el divin Codino. No en un estadio, no bajo los focos, sino en una habitación silenciosa, con el cuerpo roto y el alma buscando un motivo para seguir. Y volvió.
En la temporada 1988 y 1989 explotó por completo 15 goles, tercero en la clasificación de goleadores de toda la serie A. El mismo año en que Van Baste y Careca hicieron 19 y en la temporada 1989 y 1990 se convirtió en algo más que un futbolista en Florencia. Con 17 goles fue el segundo máximo goleador de toda la Serie A.