20/04/2026
Hoy el fracaso parece inevitable. Pero no nos confundamos: no es un fracaso del tiempo ni del destino. Es, sobre todo, un fracaso dirigencial.
Un nuevo golpe, un capítulo más de una historia que muchos conocemos demasiado bien.
Para quienes empezamos esta militancia —sí, porque esto también es una forma de militancia— allá por 2009, esto no es novedad. Crecimos viendo los peores resultados, tocando fondo una y otra vez. Y esos resultados no eran casualidad: evidenciaban algo más profundo. La ausencia de líderes, de conducción, de un proyecto que sostuviera al club.
A veces, incluso, algunos títulos lograban disimularlo.
Maquillaban la crisis, la acorralaban por un tiempo. Pero el daño ya estaba ahí, silencioso, creciendo por dentro.
Y aun así, estábamos.
Nos escapábamos del colegio, íbamos a marchas, caminatas, sosteníamos una ilusión heredada: esa “bomba” de alegría que nuestros padres sí alcanzaron a ver. Ese equipo inmenso que parecía de otro tiempo.
Por momentos, creímos que todo volvía.
Que ese pasado glorioso se hacía presente otra vez. El bicampeonato, las finales, la sensación de pertenecer a algo grande.
Pero la historia nunca es lineal.
Hoy duele. No solo por perder, sino por ver cómo se repiten los errores: cuando los egos pesan más que el equipo, cuando se pierde el sentido, cuando lo esencial vuelve a quebrarse.
Y sin embargo, seguimos.
Porque esto nunca fue solo ganar.
Fue —y es— una forma de estar, de creer, de sostener incluso cuando todo parece caerse.
Tal vez ahí esté la diferencia:
en que algunos equipos caen…
y otros, incluso en la derrota, revelan lo que realmente son.
Pero también porque aprendimos.
Y esta vez es distinto: el hincha no va a permitir más errores.
Vengan de donde vengan. Estén quienes estén arriba.
No se trata de nombres propios —ni siquiera de si pertenecen o no a una administración como GREMCO—.
Se trata de responsabilidad.
Porque si algo dejó esta historia, es un hincha que ya no solo alienta:
también observa, recuerda… y fiscaliza.