14/01/2026
Aquí algunas reflexiones.
Si observamos con atención la historia de la humanidad y de las civilizaciones, notaremos que, independientemente del grado de desarrollo alcanzado en distintos períodos históricos, el poder ha sido siempre una constante: un factor determinante de las relaciones socioeconómicas, políticas y culturales.
Desde una perspectiva histórica y evolutiva, no mucho ha cambiado desde que aprendimos a usar herramientas. Como se ilustra magistralmente en la película 2001: Odisea del espacio de Stanley Kubrick, el uso del hueso como arma y herramienta es el símbolo del inicio de una lógica que aún nos acompaña: dominar para sobrevivir, imponerse para prevalecer.
Hace pocos días, Estados Unidos volvió a desmarcarse de organismos internacionales, acuerdos y del ya frágil marco del derecho internacional. En palabras de Trump, “lo único que importa es su propia moral”. Esta postura no es una anomalía, sino una expresión más de una dinámica histórica persistente.
A pesar de los esfuerzos realizados durante el siglo XX, especialmente después de las dos guerras mundiales, por crear un marco legal internacional con instituciones que regularan las relaciones entre los distintos actores —Estados, organismos internacionales e individuos—, estas estructuras siempre han pendido de un hilo. Han sido frágiles, vulnerables y fácilmente ignoradas cuando entran en conflicto con los intereses de las grandes potencias.
Las potencias han competido entre sí por el poder sin contemplar los daños colaterales de esa lucha por decidir quién manda sobre quién. Ese instinto primitivo sigue siendo una constante, pero ahora elevado a un nivel mucho más peligroso e inestable debido al desarrollo de la tecnología militar y al enorme poder de las fuerzas económicas que controlan el mundo.
Este escenario solo nos demuestra lo primitivo que sigue siendo nuestro estado evolutivo. A pesar de internet, los iPhone, los drones, los satélites y de tener incluso a alguien intentando enviar personas a Marte, seguimos siendo los mismos simios de siempre, intentando aniquilar al otro, aunque ahora ya no con un hueso en la mano, sino con misiles, sanciones económicas y narrativas de odio.
El día en que cambiemos nuestras prioridades, y las grandes potencias redirijan sus esfuerzos hacia una guerra frontal contra la pobreza y el hambre; hacia la prevención de desastres naturales; el combate de enfermedades; la sanación del planeta; el desarrollo de energías alternativas; la democratización de la tecnología; la erradicación del racismo y de todas las formas de violencia que obstaculizan el desarrollo pleno del ser humano, especialmente de los niños, ese día habremos dado un verdadero salto evolutivo.
Solo entonces podremos decir que dejamos de ser simplemente una especie técnicamente avanzada y nos convertimos, por fin, en una civilización verdaderamente humana.