02/03/2026
Cuando en 1985 el “Yoyo” y yo fuimos a probar fortuna al futbol profesional del Sur del Estado
UNA AVENTURA MÁS
Por Julián Rodríguez
“Nos va a ir mal, nos va a ir mal... nos va a ir mal”, repitió el “Yoyo” mientras fijaba su mirada en el ADO que iba enfrente de nosotros. ¿Y ora qué te pasa? Le pregunté.
“El número del camión es el 13”. ¿Y eso qué?, volví a cuestionarlo. “Pues que son la una de la tarde, es decir las 13 horas y ese número es la mala suerte, por eso digo que nos va a ir de la madre”.
Y es que Teodoro Cortés siempre ha sido supersticioso con los números (hasta la fecha), pero ciertamente no estaba tan lejos de la realidad.
Ese verano de 1985 abordamos un autobús que nos trasladaría a Minatitlán para probar fortuna en los equipos profesionales que allí había: los Átomos y los Astros, que en ese entonces participaban en la Segunda y Tercera División, respectivamente.
Recuerdo con claridad que llegamos por allí de las siete de la noche. El dinero era escaso, normal en dos chavos que no trabajaban y que en ese entonces pretendían vivir del futbol.
Tras hospedarnos en un modesto hotel salimos a dar una vuelta para comer algo. Cerca del lugar estaba un puesto de antojitos y consumimos ap***s un par de ellos para no malgastar el poco dinero que llevábamos.
Al día siguiente, entre semana, dejamos el lugar y acudimos a los estadios donde realizaban sus prácticas los equipos mencionados. Por allí de las cuatro de la tarde me dirigí al director técnico del equipo Astros para pedirle una oportunidad. Al acabar el entrenamiento el hombre platicó conmigo y fue franco al decirme que no pagaban, que sólo podían darme comida y hospedaje, por lo que no quise porque era lo mismo que había en esta ciudad.
Más tarde, el “Yoyo” encontró a un amigo que conoció cuando estaba con los Tiburones Rojos de Veracruz, cuando éste militaba en el balompié de la Segunda División.
Echando memoria me acuerdo que ese cuate nos llevó a la casa club que utilizaban los jugadores que no eran de Minatitlán. Luego de permanecer allí por unos minutos nos despedimos de él.
Sin opciones en la petrolera ciudad nos trasladamos a Coatzacoalcos, donde comenzó nuestro calvario, o el mío, mejor dicho, toda vez que no había casi nada de dinero, al menos no para comer.
Todavía llega a mi mente cuando el “Yoyo” me dijo: “vamos a echarnos una Pachita”. Con un hambre brutal porque no habíamos comido nada en todo el día le dije en tono molesto. tengo hambre, además me pueden regañar en mi casa. El “Yoyo” me miró fijamente y contestó “¿ya viste dónde estamos ca**ón? Tu mamá está en Xalapa qué madres te va a regañar”.
Finalmente, y como siempre me convenció. Fue a una tienda y compró una botellita de Bacardí Blanco y una Coca Cola y tras vaciarla en una bolsa de plástico le dio un jalón con un popote. “Aggghhh.. está buena” me dijo como para animarme a que hiciera lo mismo. Qué madres, sabía refeo, pero entre sorbo y sorbo nos la acabamos. pero me sorprendió que mientras yo ya estaba bien borracho, porque en ese tiempo no estaba acostumbrado a tomar, él andaba como si nada.... pi**he “Yoyo”, me la volvió a aplicar. Y es que él no tomó nada, sólo hacía la finta que le jalaba, mientras que yo sí me puse una guarapeta que hasta veía doble.
Posteriormente nos dirigimos a un sitio donde había algunos camiones. Ya era de noche y yo con los efectos del alcohol me fui a sentar a una vieja banca de cemento que había, mientras que él se subió a un camión cuyo letrero decía Xalapa.
“Ven”, me hacía señas desde el interior del “totolero”. Nel, le contesté con una seña, yo me quedo aquí, Y es que, recuerdo que pensé que si me subía al autobús iba a vomitar, por lo que ya no me moví.
Pero llegó el momento en que el chofer del autobús anunció que ya se iba y el “Yoyo” se bajó bien caliente porque no me subí. “Hijo de la chingada, me dan ganas de darte tus ´putazos”, me dijo en tono amenazante, a lo que contesté, tu ca**ón, para que me empedas.
“Órale ca**ón, párate, vámonos ya”, volvió a decirme. Yo le obedecí, y con paso vacilante porque el efecto de la bebida continuaba en mí, lo seguí.
Eran por allí de las 11 de la noche que caminábamos por calles de Coatzacoalcos. No se me olvida que mientras pasábamos por los negocios que había por esas calles el “Yoyo” tomaba impulso y me aventaba sobre las cortinas metálicas y se reía.
“Y ahora por pendejo vas a pedir aventones en la próxima gasolinera que encontremos”, me ordenó. Yo la verdad ya ni le decía nada, pues seguía entonado por la bebida.
Al llegar a una gasolinera el “Yoyo” se fue a recostar en un lugar donde había otras personas, tal vez indigentes, que también estaban durmiendo.
Pasaron varias horas y tras pedirle aventones a varios camioneros no conté con suerte.
Fui a donde estaba el “Yoyo”, quien dormía como un angelito, situación que me prendió y con la mitad del asiento de un banco de madera que estaba por allí lo azoté junto a su oído, haciendo que diera un salto, aunque el ruido despertó a las otras personas, que me dijeron de todo, por lo que mejor me retiré del lugar.
Más tarde el “Yoyo” metió las manos a sus bolsillos y sacó sus últimos recursos, que ap***s alcanzó para subirnos un camión que nos llevó a Acayucan.
Antes de subirnos le comenté que fuéramos a ver a su amigo de nombre Juan Parra, quien vivía en Acayucan, alguien que meses atrás lo invitó a jugar a ese lugar con un equipo de nombre Estrella Roja, pero ni me peló.
Cuando nos subimos al camión él ocupó un asiento de delante, mientras que yo me fui hasta atrás. donde pensé que el “Yoyo” iría a ver a su cuate Juan Parra para que nos hiciera el favor de darnos algo para regresar a Xalapa.
Sin embargo, cuando el camión se detuvo en Acayucan vi como el “Yoyo” se bajaba rápidamente, pero como yo iba hasta el fondo esperé que bajaran los otros pasajeros que iban frente a mí. Pero cuando al fin bajé del autobús, voltee hacia la izquierda y voltee hacia la derecha, pero el “Yoyo” ni sus luces. ¿Y ahora?, me pregunté mientras lo busqué por todos lados. Al “Yoyo” como si la tierra se lo hubiera tragado... ya no lo volví a ver, al menos, no ese día.
La última carta que tenía bajo la manga era buscar a su amigo Juan Parra. Y así lo hice. pero sólo tenía como referencia que era dueño de una zapatería, aunque yo me enfoqué más en decir que tenía un equipo de nombre Estrella Roja.
Pero pasaron como tres horas y nada, hasta que alguien me dijo “es allí”, y me señaló el local, el que precisamente estaba mero enfrente donde nos bajamos del camión.
Rápidamente acudí a dicho sitio, el que era atendido por una joven señora de pelo corto y que estaba vestida con una bermuda azul de mezclilla y una blusa beige. "Disculpe, aquí vive Juan Parra, le pregunté. “Si, pero se acaba de ir a Xalapa”. Ca**ón, pi**he n**o en la garganta que sentí porque era mi última opción para regresar a esta ciudad. Ni modo le tuve que hacer la chillona a la señora y le conté todo. ¿Y el Yoyo? preguntó, le contesté que no sabía a dónde se había metido. La verdad no sé si me creyó, pero por fin, y después de varios días de sufrimiento, una luz apareció en mi camino cuando la señora me dio dos mil pesos, cantidad que me sirvió para regresarme a esta ciudad. Le agradecí el apoyo que me brindó y me despedí de ella.
Y lo primero que hice fue dirigirme a un lugar para comer algo, ya que después de dos días no había probado bocado, por lo que fui al restaurante de un hotel del lugar, donde recuerdo, pedí un filete con papás, platillo que me supo a Gloria.
Más tarde fui a la central de autobuses y compré un boleto con destino a esta ciudad, donde llegué por allí de la cuatro de la mañana del día siguiente.
Por allí de las 10 de la mañana, ya en mi casa, llegó el “Yoyo” regañándome que lo había dejado, pi**he ojete, le dije, tú me dejaste ca**ón, pero no se la creyó, y hasta la fecha él tiene una versión, su versión de ese día, porque lo que yo estoy narrando así, tal cual, fue como la viví.
Hoy, a 41 años de esa otra aventura que viví con él, me sigo preguntando qué motivos tuvo para dejarme allá, y teniendo como antecedente lo que viví con él años atrás en el Distrito federal, cuando también estaba perdido, llegué a la conclusión que me quería hacer como esos dueños de los perros que ya no los quieren y los abandonan a su suerte.... ¡¡¡También me quería perder!!!. Jajajaja, no es cierto, pero francamente, él. y sólo él sabrá por qué lo hizo.
Pese a todo eso, fue en lo personal una gran aventura, de esas que se quedaron grabadas por siempre en mi memoria, como otras tantas que viví con él y que pronto, muy pronto contaré.
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