19/12/2025
"LUCES SOBRE EL TACANA"
Cada año, cientos de almas suben al volcán Tacaná, atraídas por su majestuosidad, por la promesa de tocar el cielo desde la frontera entre México y Guatemala. Yo fui uno de ellos. Me llamo Nicolás, nací en Tapachula, crecí viendo su silueta recortada contra el horizonte, desde las calles donde vivo y desde joven, lo escalé con frecuencia. Era mi refugio, mi templo. Hasta que una noche, todo cambió.
Fue en diciembre, cuando el frío muerde los huesos, el sol es más seco y el cielo parece más profundo. Subimos como siempre, un grupo de amigos y yo, cargando mochilas, tiendas y la emoción de conquistar la cima. El ascenso fue agotador, lleno de animo, risas e historias compartidas de todas las veces que algunos habían subido, pero al llegar, el mundo se abrió ante nosotros: Tapachula dormía bajo un manto de estrellas, y el aire olía a pureza a eternidad.
Esa noche, cerca de las dos de la madrugada, decidí alejarme unos metros del campamento para observar el firmamento. No me adentré mucho, solo lo suficiente para sentirme solo. Me senté sobre una roca, envuelto en mi chamarra, cuando algo me llamó la atención: una luz, tenue pero antinatural, parpadeaba detrás de un árbol, una luz pensé pero si aquí no hay nada.
Pensé que era otro excursionista que había salido a ver el firmamento, pero al acercarme, comprendí que no era lo que yo imaginaba y quedé sorprendido. Tras un pequeño sendero, oculto por la vegetación, vi un objeto metálico, inmóvil, flotando a escasos centímetros del suelo. No emitía sonido alguno. Tenía luces rojas y verdes que pulsaban como si respiraran. El aire se volvió denso, como si el tiempo se hubiera detenido no podía moverme.
Quise retroceder, escapar, pero una figura me tomó de la muñeca jamás ví como llegó ahí. Era baja, vestida de negro, y diferentes aparatos que emiten luces en su cuerpo, llevaba un cinturón con tres botones en la cintura y un casco que ocultaba su rostro. No pude hace nada. No pude moverme. Alrededor, surgieron más como él de baja estatura pero sin casco ni traje tenían ojos negros grandes, piel gris y una cabeza desproporcionada saliendo de la oscuridad como sombras vivas, no lo podía creer estaba aterrado quise gritar pero no pude. Perdí el conocimiento en ese instante no supe mas.
Lo que ocurrió después dentro de esa nave es un rompecabezas de imágenes rotas: luces blancas, susurros en un idioma que no era de este mundo, recuerdo estar acostado sobre una plancha de aluminio sin ninguna prenda puesta, una sensación de ser observado desde dentro. Recuerdo gritar, pero mi voz no salía. Luego, el silencio. Un silencio tan profundo que parecía devorar mis pensamientos.
Desperté en el mismo lugar donde vi la luz por primera vez. El sol ya asomaba por el horizonte. Habían pasado horas. Regresé al campamento tambaleando, con la mirada perdida. Mis amigos me preguntaron qué me pasaba, pero no supe qué decir. ¿Cómo explicar lo inexplicable?
Nos quedamos dos noches más. Y cada noche, luces danzaban sobre el cráter. Cada mañana, despertaba fuera de mi tienda, con la ropa húmeda y la mente en blanco. Algo me sacaba. Algo me llamaba. Me estaba volviendo loco pensé.
Desde que regresé a Tapachula, no he vuelto a ser el mismo. Las visitas continúan. No sé cómo llegan, pero sé cuándo están cerca: una esfera luminosa surca el cielo, y luego, el olvido. Me despierto con marcas en la piel, con recuerdos que no son míos, con una sensación de haber estado en otro lugar... o en otro mundo.
He llegado a una conclusión que me quema por dentro: el volcán Tacaná no es solo una montaña. Es una puerta. Una base. Un faro para entidades que no pertenecen a este planeta. Y no soy el único. He escuchado susurros en el mercado de Tapachula, en los cafés, en las calles. Otros también han visto las luces han sido secuestrados por esos seres. También han callado por miedo.
Hoy rompo el silencio. No para buscar atención, sino para advertir. Si decides subir al Tacaná, no te alejes del grupo. No camines solo después de la medianoche. Y si ves una luz entre los árboles… no te acerques por nada del mundo, jamás lo hagas.
Porque hay cosas allá arriba que no quieren ser vistas.
Y una vez que te ven… ya no te sueltan ya no te dejan ya no te olvidan, hay cosas que solo esperan en el volcán "TACANA" de Tapachula Chiapas.
Autor: Arturo M. Flores