29/07/2026
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Coffee & DOCnas
Clubes de baja membresía… no. Clubes de alto valor social.
Hay una imagen que nunca se me ha borrado de la cabeza.
Cuando yo estaba en la secundaria, las tardes en la colonia se vivían en la esquina.
Una esquina donde poco a poco comenzaron a aparecer las pandillas, los problemas entre jóvenes y también las primeras personas consumiendo sustancias ilícitas. No era una película ni una historia de terror. Era simplemente la realidad de una colonia del poniente de Monterrey que, como muchas otras en aquellos años, estaba creciendo muy rápido con familias jóvenes que llegaban buscando un mejor futuro.
Y cuando eres adolescente, la esquina siempre está disponible.
Lo difícil es encontrar una alternativa.
Yo tuve la fortuna de que, después de mucho tiempo de querer hacerlo, mi papá pudo hacer un esfuerzo económico para inscribirme en un equipo de fútbol americano.
Ese día cambió mucho más que mis tardes.
El fútbol americano me enseñó disciplina, compromiso y responsabilidad. Me regaló amistades que aún conservo, entrenadores que terminaron siendo ejemplos de vida y, sobre todo, me abrió un panorama completamente diferente al que veía desde la esquina de mi colonia.
No estoy diciendo que el fútbol americano me salvó la vida.
Lo que digo es que me enseñó que había mucho más mundo allá afuera.
Y eso hizo toda la diferencia.
Quizá por eso, tantos años después, sigo empeñado en promover este deporte.
Porque cada vez que visito un club nuevo, veo reflejada una parte de mi propia historia.
Hoy Monterrey ya no es la ciudad que era cuando yo era niño.
Ha crecido enormemente. Municipios como Juárez, El Carmen, Ciénega de Flores, Escobedo o algunas zonas de Apodaca viven una explosión demográfica muy parecida a la que yo conocí hace décadas. Llegan familias de todas partes del país, con distintas costumbres, diferentes historias y diferentes maneras de ver la vida.
Y justamente ahí comienzan a aparecer personas extraordinarias que deciden hacer algo por su comunidad.
No construyen centros comerciales.
No construyen estadios.
Construyen equipos de fútbol americano.
Ahí están los Lagartos de Juárez.
Los Acereros de Ciénega de Flores.
Las Ardillas de El Carmen.
El enorme crecimiento que ha tenido Ducks en Santa Rosa.
El trabajo social que desde hace muchos años realiza Vikingos en una zona históricamente olvidada del centro de Monterrey.
Los Titanes de Apodaca.
Los Cuervos de Santa Catarina.
Y un caso muy especial: Generales de Escobedo, un programa que nació precisamente como una estrategia de prevención del delito.
Todos ellos tienen algo en común.
Entendieron que un campo iluminado siempre será una mejor opción que una esquina medio iluminada.
Porque un niño ocupado entrenando tiene menos tiempo para perderse en el ocio.
Porque una niña que descubre el flag football encuentra un espacio donde desarrollar liderazgo, confianza y trabajo en equipo.
Porque un entrenador muchas veces termina siendo el adulto que inspira cuando alguien más no pudo hacerlo.
Y eso vale muchísimo.
Durante años hemos llamado a estos programas “clubes de baja membresía”.
Nunca me ha gustado ese término.
Parece que hablamos de clubes pequeños.
De clubes limitados.
De clubes con poca importancia.
Yo creo exactamente lo contrario.
Para mí son clubes de alto valor social.
Porque quizá no siempre tienen los presupuestos más grandes.
Quizá no siempre levantan el campeonato.
Quizá no siempre aparecen en los titulares.
Pero sí levantan personas.
Y eso vale mucho más que cualquier trofeo.
En esos campos se forman niños responsables.
Se forman jóvenes disciplinados.
Se forman familias completas alrededor de un deporte.
Y, de vez en cuando, también aparece un gran jugador.
Pero incluso cuando ese jugador nunca llega a Liga Mayor o a la Liga Profesional, el objetivo ya se cumplió.
Porque el verdadero triunfo fue darle un lugar donde crecer.
Por eso quiero hacer una invitación muy sencilla.
Si eres mamá o papá y tienes un hijo o una hija con energía de sobra, con ganas de hacer deporte o simplemente buscando pertenecer a algo, acércate al club más cercano.
No importa si es Vikingos, Ducks, Lagartos, Acereros, Ardillas, Generales, Titanes, Cuervos o cualquiera de los muchos programas que hoy existen en nuestra área metropolitana.
Lo importante no es el nombre del uniforme.
Lo importante es cambiar una esquina por un campo.
Y créeme…
Hay decisiones que cambian una tarde.
Y hay tardes que terminan cambiando una vida.
Nos vemos en el siguiente huddle.