14/05/2026
Cuenta Habitante que existe en Baja California Sur la leyenda o quizá la memoria de un lugar donde el polvo, el agua y el hombre se miran a los ojos y acuerdan una tregua breve. Un rito antiguo donde el esfuerzo se vuelve oración, la pasión se vuelve rumbo y la aventura, sentido.
Son caminos que no se dibujan sobre mapas, sino sobre el pecho. Caminos que no se recorren para llegar primero, sino para llegar adentro.
Nuestra ruta es uno de ellos: una cicatriz luminosa que une desierto y agua, montaña y sal, pero, sobre todo, une a los hombres en ese milagro raro y frágil que es compartir el asombro.
El desierto fue el primer maestro. Nos habló sin palabras, con su lengua hecha de polvo antiguo y luz implacable. Cada piedra demostraba haber vivido más que nosotros; cada recta interminable nos enseñó a esperar. Allí, donde el silencio pesa y el horizonte no promete nada, comprendimos que avanzar también es un acto de fe. El desierto no se conquista: se le pide permiso. Y cuando lo concede, entrega una belleza austera, casi sagrada, como un secreto confiado al oído.
Después llegó la montaña, con su respiración lenta y su carácter firme. Nos obligó a escuchar al motor como se escucha un corazón cansado, a leer el terreno como se lee el rostro de alguien amado. Curvas que no admiten soberbia, pendientes que prueban el carácter. En la montaña entendí que la fuerza sin humildad es solo ruido, y que el verdadero control nace del respeto.
Y entonces, el mar. Dos veces el mar.
El primero, más íntimo, más callado, como si supiera que no todo debe decirse en voz alta.
El segundo, abierto y luminoso, como una promesa extendida hasta donde alcanza la mirada. Entre uno y otro, el camino nos fue despojando de certezas y regalándonos memorias.
Porque no es lo mismo mirar el Mar de Cortés que llegar a él después de horas de ver el desierto. Aparece como una revelación: no sé si verde turquesa o azul profundo, casi bíblico, tendido como un espejo donde el cielo se reconoce. El motor sigue rugiendo, pero por dentro algo se aquieta. Frente a ese mar sereno y eterno y con esas montañas y desierto a la espalda, uno comprende lo pequeño que es… y aun así, lo inmensamente afortunado que resulta estar ahí, avanzando, disfrutando y conquistando.
Más adelante, el Océano Pacífico, Distinto, Indomable. Más bravo, más abierto, más salvaje.
Si el Mar de Cortés parece escuchar, el Pacífico responde. Golpea la costa como si recordara que todo movimiento tiene un precio, que todo avance exige carácter. Dos mares, dos temperamentos, dos maneras de mirar la vida… unidos por un mismo camino y una misma pulsión: seguir.
Pero ningún paisaje, por majestuoso que sea, alcanza plenitud si no hay nombres que lo acompañen. Ustedes mis amigos compañeros de aventura, hombres hechos de experiencia y polvo, de errores bien aprendidos y silencios oportunos. Su consejo fue brújula; su presencia, refugio. Gracias a Uds. el recorrido dejó de ser un trayecto y se convirtió en un privilegio, en una conversación íntima con la tierra.
Luego apareció la amistad, esa forma discreta del amor que no pide explicaciones. Mi hermano elegido me recibió como se recibe a quien vuelve a casa. Más adelante, la travesía tomó forma de disciplina y cuidado. El ruta comenzó a latir con la cadencia de una carrera profesional sin perder jamás su pulso humano.
Y como ángeles de grasa y herramientas, estuvieron siempre dispuestos los equipos de mecánica y soporte. Manos sabias que leen el cansancio del metal, ojos atentos que se adelantan al problema, paciencia infinita para sostener el ritmo de todos. Gracias a ellos, la incertidumbre nunca fue miedo, y la noche siempre tuvo un mañana asegurado.
Mi señora, quien siempre cuidó de mí, recorrió cada kilómetro como si estuviera velando mis pasos. Su presencia fue hogar en medio del polvo y del riesgo.
A lo largo del recorrido, algo profundamente humano se levantó entre la velocidad y la tierra: lazos de profunda amistad surgieron. Fotos tomadas al vuelo, instantes guardados como tesoros.
Regresé distinto.
Con menos prisa y más gratitud.
Con la certeza de que los verdaderos caminos no se miden en kilómetros, sino en lealtades, en gestos silenciosos, en historias que se quedan a vivir dentro de uno.
Eso fue mi ruta y yo creo la de todos. Un viaje por la tierra. Y otro más hondo, más eterno por el alma.
adaptación de texto de Habitante.