31/08/2026
Hoy fue una de esas mañanas en las que la tensión empezó a subir rápido.
JM con uno de sus megaberrinches… yo tratando de mantener la calma y, en eso, la hija se sumó al concierto.
Íbamos empezando el día. Escasas 7 de la mañana y ella también estaba de malas. Sentí mi mal humor influyendo en el suyo y el suyo influyendo en el mío.
Logré calmar al de 4 y no engancharme con la adolescente, pero no pude evitar ver que eran dos reacciones similares en polos distintos… y con un común denominador: yo.
Decidí no ignorar lo que estaba pasando, pero sí guardar silencio y tratar de mantener la calma. Respiré muchas veces y, aun así, sentía cómo me iba alterando.
Pero no reaccioné…. creo que esto también es importante decirlo porque a veces imaginamos que regularnos significa dejar de sentir enojo, tensión o ganas de gritar… Y no.
A veces regularnos se siente exactamente así: como estar alterada por dentro y, aun así, elegir no descargarlo sobre los demás.
Antes de irme le dije a la hija:
—Ya me voy, nos vemos al rato.
Bajó y me dijo:
—Discúlpame, mamá. Estaba de malas, no sé por qué.
Y me abrazó.
La abracé y le dije:
—Yo también… bueno, tu hermano… ya sabes.
No tuvimos una gran conversación… No analizamos lo ocurrido… No intenté hacerla entrar en razón ni le expliqué por qué su actitud no había sido la correcta.
Solo dejamos de empujar una contra la otra…. Y quizá eso fue lo que permitió que ella pudiera volver.
Como siempre, confirmé que pausar no es no hacer nada… es más bien hacer lo necesario para que nuestro propio estado no termine convirtiéndose en el estado emocional de toda la casa.
Tengo claro que no siempre voy a lograr que los hijos estén de buenas… Ni siquiera puedo garantizar estarlo yo… Pero sí puedo intentar no convertir cada emoción difícil en una batalla que alguien tenga que ganar.
Mariana