14/02/2026
Poco se habla del bienestar emocional de quienes rescatan animales.
Esta labor altruista suele reducirse a algo fácil de señalar y rápido de juzgar y exigir. Como si rescatar fuera solo levantar un animal y ya. Detrás hay un desgaste constante que casi nadie quiere mirar.
Rescatar no es sencillo. No es heroico. No es inspirador todos los días. No es como lo pintan influencers con números altos. Rescatar pesa. Cansa. Desgasta. Desespera. Harta.
Por ejemplo, los rescatistas vivimos rodeados de duelo. Duelo por los animales que mueren, por los que no alcanzamos a salvar, por los que se nos van en brazos. Y también duelo por los que “dejamos ir” cuando por fin encuentran un hogar, porque incluso eso duele.
También vivimos con ansiedad económica permanente. No sabemos si mañana habrá donativos, si alguno se enfermará de urgencia, si tocará pagar veterinario, medicamentos, estudios, croquetas. Muchas veces no hay apoyo y terminamos pagando con nuestro propio dinero, el mismo que sale de trabajos que ya de por sí nos consumen. Rescatar también es vivir con números rojos.
Pedimos donativos y se nos señala. Nos dicen que deberíamos hacernos cargo “nosotros solos”, como si el tiempo, el esfuerzo, el desgaste físico y emocional no contaran. Rescatar no es una responsabilidad individual, es una responsabilidad social y gubernamental que termina cayendo en los hombros de unos pocos agotados.
Decir “ellos eligieron estar ahí” es simplificar la violencia del sistema. Nadie elige ver animales morir en la calle. Nadie elige cargar con el abandono ajeno. Llegamos aquí porque alguien tiene que hacerlo… y casi nadie quiere.
La etiqueta de “rescatista” se vuelve una condena. Se nos exige rescatar más, hacerlo mejor, hacerlo como otros creen correcto.
“¿Por qué no vendes cosas para mantenerlos?” No es mala idea, pero estamos exhaustos. Porque ya limpiamos, cuidamos, medicamos, llevamos al veterinario. Porque también tenemos trabajos, vínculos, una vida que intenta sobrevivir. No somos solo rescatistas.
“¿Por qué no rescatas a este?” Porque estamos saturados. Porque no hay espacio. Porque no hay dinero. Porque no hay fuerzas.
Vivimos con miedo constante a no completar gastos. Y además con la presión de las redes de perder seguidores/donadores, significa perder apoyo, perder difusión, perder una parte vital que sostiene los rescates.
“¿Por qué no usas tu dinero?”
Lo usamos. Siempre. Una ida básica al veterinario ronda los $500 pesos si tenemos suerte. Un costal barato de croquetas cuesta $600. Usamos nuestro dinero, nuestro tiempo y nuestro bienestar emocional. Usamos todos nuestros recursos y a veces hasta nos perdemos a nosotros por salvar a los animales. (Deudas, problemas con los vínculos cercanos, problemas laborales, etc.).
Pedir donativos no es bonito, a veces, por más crudo que suene, suele ser humillante. Porque somos ignorados, cuestionados, vigilados. Además algunos donantes exigen como si fuéramos sus empleados. Aunque claro que hay otros, los menos, que entienden la situación y buscan aportar de la mejor manera (con donativos o difusión).
También cargamos con expectativas irreales y juicios crueles. Que si lo hicimos mal. Que si no debimos hacer tal cosa. Decidir sobre la vida de otro ser nunca es fácil. Jamás.
Así que cuando veas a un rescatista cansado, irritable, triste o harto, intenta empatizar antes de juzgar. Lo que ves es solo la punta de una carga enorme que casi nadie quiere sostener.
Rescatar animales no es algo lindo, aunque claro que tienes sus momentos agradables (como verlos sanar o ser adoptados), es algo que cansa, agota, te estresa y deprime.
Rescata a los rescatistas.