17/10/2021
OCTUBRE DE 1968 LA OTRA CARA DEL MOVIMIENTO OLÍMPICO.
El 16 de octubre hará 53 años de la carrera que hizo que perdiéramos la inocencia relativa a la neutralidad del deporte tras presenciar los acontecimientos que se desencadenaron tras la entrega de medallas en los 200 metros lisos de los Juegos Olímpicos de México 68.
Aquella carrera fue histórica, no tanto por el triunfo de Tommie Smith entrando en la meta con los brazos en alto, ni la sorpresa de que Peter Norman, un australiano blanco como la leche, arrebatara la medalla de plata al favorito John Carlos. Lo que ha pasado a la historia fue la entrega de medallas en el pódium. Unas imágenes que han pasado a ser un símbolo, un ícono universal de la lucha contra el racismo donde se ve a Tommie Smith y John Carlos, oyendo el himno americano con boina negra y el puño en alto enfundado con el guante negro, y el collar de simbólicos grilletes colgando de su cuello.
Había terminado el del verano del mítico año 68 cuando además del Mayo Francés, las manifestaciones en contra la guerra del Vietnam y las convulsiones en la sociedad americana con los movimientos antirracistas en pro de los derechos civiles tenían desconcertada a la sociedad norteamericana.
Llevar los Juegos Olímpicos a México en 1968 fue un intento de aumentar la popularidad del Movimiento Olímpico entre la masa de telespectadores estadounidenses fieles a sus deportes tradicionales: futbol americano, básquet y beisbol. Tenían que diseñar una estrategia publicitaria que pasaba por hacerlos es su territorio, pero esto suponía una inversión que ni el gobierno ni las grandes compañías privadas estaban dispuestos a hacer. Fue entonces cuando vieron la posibilidad de hacerlos en México puesto que haría la inversión el país vecino y el impacto mediáticos en la sociedad norteamericana sería prácticamente el mismo que si se celebraran en cualquier ciudad de USA. Pero para ello necesitaban que los atletas estadounidenses destacaran mucho. Las expectativas de triunfo que el Comité Olímpico USA tenían puestas en sus atletas les hacía augurar un gran impacto en la audiencia norteamericana a fin de que los JJ.OO. aumentaran el interés de las televisiones estadounidenses por compras los derechos televisivos de futuros Juegos.
Deportivamente el éxito fue arrollador los atletas estadounidenses, principalmente para los afronorteamericanos que destrozaron todos los récords mundiales en las pruebas de velocidad y salto de longitud. El de Evans en los 400 metros lisos, el de Beamon en el salto de longitud y el del relevo de 4x400 tuvieron que esperar a la década de los 90 para ser superados. En la final de los 100 metros lisos, que fue la primera en la historia de los juegos que rompían la barrera de los diez segundos, todos los finalistas eran negros: tres estadounidenses, un canadiense, dos cubanos un malgache, un francés y un jamaicano. Estos hechos, junto a los triunfos arrolladores de los africanos en una gran mayoría de pruebas de fondo, fue la gran explosión del poderío de negro en el estadio.
Los atletas negros del equipo estadounidense, lejos de hacer alardes de patriotismo, estaban plenamente concienciados de su condición de ciudadanos de segunda y no disimularon su compromiso con los movimientos en pro de los derechos civiles. Previamente hubo una gran polémica entre los atletas afronorteamericanos donde plantearon no asistir a los juegos, pero finalmente sabedores del impacto mediático de los juegos decidieron asistir para ganar visibilidad y fue el pódium olímpico el escaparate ideal para explicar al mundo su situación. Esto hizo que se desvanecieran las esperanzas de negocio del COI de que los Juegos despertaran interés entre la sociedad estadounidense, puesto que mostraron a todo el mundo las vergüenzas que se esforzaban en dejar debajo de las alfombras.
Todo el grupo de medallistas de color, al regresar a los Estados Unidos fueron represaliados, perdieron sus becas y vieron truncadas sus carreras deportivas. Las penurias y humillaciones que las recopiló años después el hoy eurodiputado y exlider del Mayo del 68 Dany Cohn-Bendit, más conocido como Dani el Rojo en La revolución y nosotros que la quisimos tanto (Anagrama 1984), se pueden ver con más detalles y en primeras persona en la autobiografía que de John Carlos donde explica en primera persona su vida y las consecuencias de sus actos en el pódium.
Resulta difícil aceptar los argumentos que el COI y del Comité Olímpico de Estados Unidos, presentaros para justificar las represalias que sufrieron los atletas afroamericanos. Les acusaron de politizar los Juegos. Las declaraciones de John Carlos terminaron de cavar su tumba deportiva: "Somos grandes atletas americanos durante 19,8 segundos; después somos animales por lo que respecta a nuestro país".
Parece irónico considerar que las acciones de los atletas negros fuera politizar los Juegos pero que no hubiera crítica alguna del Comité Olímpico Internacional por la intervención del gobierno mexicano para evitar que los estudiantes distorsionaran el gran espectáculo de la paz, la amistad y el deporte. Era el 27 de agosto cuando, miles de estudiantes se concentraron una vez más en el Zócalo de la capital para protestar por el dinero que el estado mexicano dedicaba a la organización de los Juegos y las consecuencias que estas inversiones tenían sobre la precaria economía del país. El presidente Gustavo Díaz mando tanques y soldados (irónicamente era el batallón Olimpia) que dispararon más de 15.000 proyectiles, hirieron a más de 700 y mataron entre 150 y 300 personas. Testigos afirmaron haber visto como se retiraban los cuerpos en camiones de basura. Cinco mil estudiantes fueron detenidos y 300 permanecieron en la cárcel hasta la amnistía de 1971. El silencio de la comunidad olímpica sobre la masacre ordenada por el presidente Gustavo Díaz se asumió, con resignado olvido, fue como el mal menor que evitó poner en peligro la celebración de los Juegos. Los Juegos Olímpicos se celebraron con la p***a prevista.
Luis Echeverría, ministro del Interior durante la masacre de las Tres Culturas, sucedió a Díaz Ordaz en la presidencia. Fue en 1970. En 2002 tuvo que comparecer ante la justicia por los sucesos referidos. Dos años antes, el PRI había perdido las elecciones por primera vez en 71 años. Ya no tenía manera de tapar la as*****to masivo, que puso fin a un proceso de protestas estudiantiles que parece, estuvo dirigido por la CIA aquella noche de 1968.
No obstante aquel pódium fue un escaparate de solidaridad inesperada; Peter Norman, australiano y blanco, conocedor a priori de la acción que sus compañeros de medallas iban a llevar a cabo, se solidarizó con ellos, se colgó de su chándal una insignia en pro de los derechos de los negros durante toda la ceremonia. A Smith y Carlos los expulsaron de la villa olímpica y Norman tuvo que pagar la multa que le impuso la federación australiana seguida de una exclusión de facto puesto que nunca más pudo volver a formar parte del equipo olímpico australiano. Ni siquiera fue invitado, 32 años después, a la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Sidney 2000 pese a que nadie había podido batir su récord de Australia. Finalmente asistió como miembro de la delegación de USA.. En 2006 en la universidad de San José de California donde estudiaron Smith y Carlos les han erguido una estatua conmemorativa. Norman quien asistió a la ceremonia había declinado la propuesta de figurar en la escultura puesto que, según él, quienes se jugaron el futuro fueron ellos, él sencillamente hizo lo que cualquier persona decente habría hecho.
Norman murió en 2006 con tan solo 64 años, en su funeral en Melbourne, el 9 de octubre, 38 años más tarde de la mítica carrera, su féretro fue llevado por John Carlos y Tommie Smith, sus compañeros de podio, con los que mantuvo una gran amistad desde la famosa foto del Black Power. La Federación Estadounidense de Atletismo declaró que esa fecha sería recordada como el día de Peter Norman “como reconocimiento a su postura en aquellos hechos de 1968”.
En octubre del 2109, 13 años después de su fallecimiento y 51 de su medalla de plata en México, el Estado de Victoria erigió una estatua en su honor en la ciudad de Melbourne, frente al Lakeside Stadium. “Reconozco que se debería haber hecho más en el pasado en honor a Peter. Iniciativas como esta estatua son un gran paso adelante”, señaló Darren Gocher, director de la Organización Deportiva Nacional de Australia, durante el acto en el que se descubrió la figura del corredor.
¿Cómo puede explicarse una actitud tan beligerante de los australianos frente al acto de solidaridad y de dignidad humana de Norman? El racismo no está siempre en lo más evidente que sale en los medios, Australia no podía consentir aquella acción de Norman por miedo a que surgieran movimientos similares de los aborígenes que fueron desposeídos de todo y esclavizados en su tierra. Del medio millón de aborígenes que había en 1770 cuando los ingleses desembarcaron allí, en 1911 solo quedaban 31.000.
Los ingleses declararon que Australia era terra nullius, es decir, sin habitantes humanos, y así justificaron el despojo de las tierras indígenas y el saqueo del continente. Arrebataron las tierras fértiles y arrojaron a los aborígenes a las zonas áridas del interior. A la gran mayoría de las familias aborígenes les quitaron hijos y en algunos casos eso se repitió varias generaciones. Muchos niños nunca volvieron a ver a sus padres y hoy en día todavía muchos los buscan.
Esperemos que aquella actitud de Norman sirva de reflexión y ejemplo a los deportistas de alto nivel. Ser un gran campeón les sitúa en una plataforma privilegiada que les permite reivindicar cualquier causa en pro de los derechos humanos y del avance hacia una humanidad más justa. Actitudes como estas no politizan el deporte, lo dignifican.
Joan Rius i Sant