17/01/2026
En la prepa fue campeón en Texas… y aun así nadie le dio beca. Llegó a Texas Tech como walk-on, sin promesa de nada, y en la primera semana ya estaba de titular.
Luego se peleó con el destino, se fue a Oklahoma sin invitación y volvió a ganarse el puesto a puro juego y liderazgo. Ese es Baker: empuja la puerta aunque esté cerrada.
Acabó con el Heisman en las manos y lágrimas en los ojos, recordándole al mundo que lo que no te regalan, lo arrancas.
Cleveland lo tomó #1 después de un 0–16 que dolía en el alma. Un “cementerio de QBs”, decían.
De novato encendió la ciudad; luego 2019 lo tumbó y muchos volvieron a la canción de siempre: “no es tan alto, es muy alocado, no es para esto”.
Y ahí se ve el verdadero Baker: en vez de esconderse, apretó los dientes, bajó el ruido y se puso a trabajar.
Llegó 2020 y con Stefanski el juego se le acomodó. Menos hero ball, más eficiencia. El vestidor le compró el tono. Y entonces llegó la noche que le cambió el apellido a Cleveland: playoffs en Pittsburgh, 26 años sin ganar en postemporada, y Baker jugando con calma de veterano.
Tres touchdowns, cero intercepciones, y esa frase al final que sonó a nueva era: “Estamos aquí por una razón”. No era solo un marcador; era una ciudad exorcizando fantasmas.
¿Perfecto? Nunca. En 2021 se empecinó en jugar lastimado, quiso demostrar dureza y le costó.
Cleveland dudó y él volvió a empezar. Pasó por Carolina, y de repente—dos días con los Rams y una remontada imposible al hilo—como si el fútbol le guiñara el ojo: “sigues estando aquí”. Después, Tampa.
Otra vez en modo “probar que valgo”, otra vez con ese fuego que lo ha traído hasta acá.
Baker no es la promesa pulida. Es el tipo que no se rinde cuando la narrativa ya te escribió el final.