28/08/2026
*Reseña Quinta práctica de kayak rígido: cuando el río también te enseña a vivir*
Fecha: 23 de agosto
Guías: Jorge y Germán Arroyo Apoyos: Germán Gómez, Alex Ortiz, Brandon, Héctor, Uriel y Darío
Distancia : 9.39 km Tiempo: 5 horas
Reseña por Esthela García .
La vida a veces te pone retos y tú decides si los tomas o los dejas. Creo que cada reto llega para mostrarnos de qué estamos hechos. Y no hay mayor aprendizaje que aquel que adquirimos día a día, especialmente cuando tenemos la oportunidad de aprender de quienes nos guían, nos acompañan y creen en nosotros incluso cuando nosotros mismos dejamos de hacerlo.
Esta quinta práctica del curso de kayak rígido comenzó mucho antes de llegar al río. A las 3:30 de la mañana iniciamos el camino rumbo a Actopan. Salimos de Toluca, pasamos por México por Rosy y, después de un largo recorrido, aproximadamente a las 9:30 llegamos al punto de inicio. Ahí ya estaban Héctor, Raúl, Brandon, Laura y Karen. Bajamos el equipo, nos preparamos y comenzamos a organizar todo para zarpar.
Un tiempo después llegó Germán Arroyo acompañado de Uriel, Ary y Lu. Mientras los demás ya estábamos en el río, Jorge, como coordinador, nos explicaba qué tipo de río nos esperaba y nos daba las indicaciones necesarias.
Desde un día antes los nervios ya estaban presentes. Era una mezcla extraña de emoción y miedo porque, además de ser la última práctica, sabía perfectamente qué río recorreríamos. Ya lo conocía y sabía que era hermoso, pero también muy técnico. Por eso confiarme no podía ser una opción.
En el kayak rígido aprendimos que las piernas y la cadera son fundamentales para mantener el equilibrio. Después de esperar a que todos estuviéramos listos, cada alumno quedó acompañado por su guía. Esta vez trabajaríamos prácticamente uno a uno, lo que nos hacía sentir seguros, aunque los nervios seguían ahí. Porque al final, por más preparación que tengas, quien tiene la última palabra es el río.
Y vaya que ese día tenía mucho que decir.
El río estaba bajo. Sabíamos que eso significaba encontrar más obstáculos, principalmente piedras. Finalmente llegó el momento de zarpar. Tocani era mi guía y juntos éramos el equipo ocho.
Los nervios no paraban. Tenía la boca seca. Ir en un kayak rígido hace que sientas el río de una manera completamente diferente: estás mucho más consciente de la velocidad, de cada movimiento y de cada obstáculo.
Pasamos el primer rápido sin problema. Yo iba muy nerviosa.
Llegamos al segundo rápido y ahí ocurrió mi primera caída. Tope con una piedra y no pude controlar el movimiento. El río llevaba velocidad y, al no haber remansos, detenerse no era sencillo. Rápidamente me puse en posición de nadador seguro, sin soltar el remo, y dejé que mi kayak siguiera.
Messie, que venía detrás, intentó ayudarme. Me pidió que me agarrara de su kayak, pero la fuerza de la corriente lo hacía complicado. Finalmente me indicó que le aventara el remo y que remara con fuerza hacia donde estaba Tocani, quien ya había recuperado mi kayak.
Cuando llegué con él, Tocani me pidió que estuviera más concentrada y que remara con más fuerza. Yo no lograba equilibrar la remada con la velocidad del kayak y la fuerza del río.
Y ahí entendí algo que el río se encargó de repetirme durante todo el día: el río cobra cada distracción. Volví a subir al kayak y le confesé a Tocani que estaba muy nerviosa y temerosa. Su respuesta fue sencilla: “Respira profundo.”Lo hice. Y, aunque parece algo tan pequeño, esas respiraciones comenzaron a devolverme un poco de calma.
Por el radio, Jorge preguntaba cómo íbamos y Tocani respondió que me estaba alistando. Continuamos. Y volví a caer.
Exactamente en una situación parecida: otra piedra, otro movimiento que no pude controlar y nuevamente terminé en el agua. Esta vez estaba menos nerviosa mientras nadaba, pero los golpes contra las piedras eran fuertes. Parecía que el río quería decirme algo: “Ya despierta, Esthela, o aquí vas a quedar… y no vas a disfrutar lo bonito que es este río.” 😂
La naturaleza habla. Y muchas veces lo hace exactamente como necesitamos escucharla. Cuando estás tranquilo, el río puede sentirse tranquilo. Pero cuando no quieres entender algo, se vuelve fuerte, intenso y directo.
Mientras desaguaba el kayak, mi mente trabajaba a mil por hora. Recordaba una y otra vez las maniobras, los movimientos y todo lo que había aprendido. Por momentos sentía que nunca había tomado un curso de kayak. Y eso es lo más difícil: saber qué hacer y, sin embargo, no lograr hacerlo porque los nervios te bloquean.
Entonces Germán Gómez se acercó y me dijo: “Si se te está dificultando, dite muy fuerte: ‘¡Ya, Esthela, no chingues y dale fuerte!’” 😂
Volví a decirles que estaba muy nerviosa y que ya me había cansado muchísimo para la distancia que habíamos recorrido. Pero hubo algo que me ayudó: los consejos de Messie, Tocani y Germán. No sé qué veían en mí en ese momento, pero ellos parecían confiar mucho más en que yo podía hacerlo que yo misma.
Y quizá eso era lo único que me faltaba: creer en mí.
Después de unos momentos, de respirar, escuchar consejos y volver a acomodar la cabeza, retomamos el descenso. Tocani me preguntó: —¿Vas al frente o atrás? Le respondí que quería ir al frente. Y así fue.
Avancé hacia el siguiente rápido, que era bastante largo. Ya no tenía a nadie a la vista; todos lo habían descendido. Yo llevaba dolor en las piernas por los golpes de las piedras y también llevaba un dolor mucho más difícil de explicar: dolor de orgullo. 😂🤭
Era la única que había caído hasta ese momento. Mientras descendía, no dejaba de pensar en las palabras de Germán. Y también me dije muchas más cosas, quizá mucho más fuertes. Pero lo logré. Pasé el rápido muy bien, sin miedo y sin problema.
Cuando llegué con los demás, Héctor me dijo: “Muy bien, Esthela.” Después de dos caídas, escuchar esas palabras fue un verdadero aliento.
Continuamos avanzando y, a partir de ahí, ya no tuve más caídas durante un buen tramo. En cada rápido recordaba los consejos, los movimientos, las palabras de los instructores y todo lo que había aprendido durante el curso. Poco a poco comencé a sentirme más segura. Ya no solamente estaba descendiendo el río. Estaba hablando con él. Le pedía que me permitiera recorrerlo, aprenderlo y disfrutarlo.
Más adelante hicimos una parada larga porque Lu y Rosy habían caído y, después de valorar la situación, decidieron abandonar el descenso. Y también eso es parte de aprender. A veces hay que ser muy conscientes de cómo estamos y tener el valor de decir: “Hasta aquí llego.”
No es una decisión fácil. Mi querida Lu lo sabe. Pero también es muy valioso lo que hiciste. Eres una niña muy fuerte y con un carácter impresionante. Admiro tu valor.
Mientras esperábamos, debo confesar que yo también pensé en abandonar. Mis nervios ya no querían seguir descendiendo ese río. Pero la motivación y la seguridad que me transmitía Tocani eran impresionantes. Así que me dije: “Debo seguir.” Continuamos.
Pasamos algunos rápidos fuertes y nuevamente aparecieron las piedras. En mi cabeza repetía una y otra vez: “No me van a vencer. Ya no quiero estar en el agua.” 😂 Y cada vez que lograba esquivarlas sentía un descanso enorme. Tal vez la vida también es así: o le pones ganas o te lleva la corriente. 😉
Seguimos avanzando hasta encontrarnos con un árbol caído. Intenté esquivarlo. No pude. Apenas faltaban unos dos metros cuando la corriente me volteó. Pasé por debajo del árbol, algo que no debe hacerse por ningún motivo, porque nunca sabes qué puede haber debajo. Afortunadamente no solté ni el remo ni el kayak y logré volver a voltearlo. Una vez más estuvieron ahí Messie, Jorge y Tocani para ayudarme.
Les pedí dos minutos para comer algo. Estaba realmente cansada. Las caídas me habían dejado exhausta. Es curioso: caerte puede cansarte mucho más que remar. Quizá porque en una caída existe una explosión de adrenalina, tensión, miedo y esfuerzo que después termina pasando factura.
Comí algo y continuamos. Unos metros más adelante estaban todos detenidos porque varios habían caído. Y ahí pensé en lo increíble que es sentirte acompañado por todos los instructores. Mis respetos. Porque no es sencillo salvarte a ti mismo y, al mismo tiempo, estar preparado para salvar a otra persona.
Y creo que la única persona que logra hacer que todo eso parezca fácil es Uriel Arroyo, un maestro de maestros en el río. Me dio muchísimo gusto compartir este recorrido con él. Es una persona que aprecio y admiro muchísimo. Es un gran motor para mí. Ver cómo disfruta el río, cómo realiza sus maniobras y la seguridad con la que se mueve inspira a seguir aprendiendo. Ojalá siempre pueda acompañarnos en nuestros recorridos.
Seguimos avanzando cada vez con mayor fluidez. Era increíble ver a todos descender los rápidos y, especialmente, escuchar a Paty gritando: “¡No, por aquí no! ¡Quítense! ¡Remen fuerte!” 😂 Definitivamente ella y sus peleas con todos los obstáculos. Y debo felicitarla porque no tuvo ninguna caída durante todo el curso. Simplemente, una gran maestra.
El cansancio comenzó a hacerse presente. Yo ya solamente preguntaba: —¿Cuánto falta? 😂 Necesitaba preparar mentalmente el cuerpo para continuar.
Finalmente apareció el puente. Y con él, la gente disfrutando de las aguas del río. En ese momento sentí que mi alma volvía al cuerpo. Nos orillamos y ahí estaban Lu, Rosy, Carlos, Lari y Vero. Qué alivio verlas.
Al salir del río lo primero que dije fue: “Finalmente terminé… con tres caídas.” 😂 Sentía que había quedado como Santo Cristo. Me dolía absolutamente todo por los golpes recibidos durante las caídas. Pero también llevaba algo mucho más importante: aprendizaje.
El kayak rígido me costó muchísimo. No solamente físicamente. También emocionalmente. Me enfrentó a mis miedos, a mis nervios, a mis inseguridades y, sobre todo, a esa parte de mí que a veces duda de lo que puede hacer. Pero también me dejó con muchas más ganas de seguir en esta disciplina. Claro… primero tendré que comprar mi kayak. 😉😂
Quiero agradecer infinitamente a Jorge, por prestarme su kayak. Sin ese gesto no habría podido realizar el curso. Y quiero reconocer y felicitar a todos los instructores. No cabe duda de que llevan una enorme responsabilidad. Su preparación y profesionalismo se hacen evidentes cuando estamos descendiendo un río. Te sientes seguro al saber que están ahí, observando, atentos y preparados para actuar.Mis palabras se quedan cortas ante el infinito agradecimiento que siento por todo lo que hicieron y enseñaron.
También quiero agradecer especialmente a la peque del grupo, Karen, por mostrarme que el valor y la serenidad también son fundamentales para descender un río. Karen, te admiro muchísimo. Tienes unas agallas impresionantes. 😉
Para cerrar con broche de oro esta increíble experiencia, al final se llevó a cabo una ceremonia de clausura muy emotiva. Fue el momento perfecto para reconocer el esfuerzo de cada uno, agradecer por todo lo vivido y abrazarnos con la certeza de haber superado nuestros límites. Entre sonrisas de alivio y palabras de aliento, nos dimos cuenta de que no solo terminamos un curso, sino que reafirmamos la gran familia que somos en el río.
Finalmente, la vida te da lo que necesitas. Te pone enfrente aquello que tienes que ver y, cuando no quieres entender, te golpea un poquito más fuerte. 😂 Y hoy el río me dio todo. Y se lo agradezco. Me quedo tranquila, cansada, golpeada, pero profundamente agradecida. Porque quizá el mayor aprendizaje de este curso no fue aprender a remar. Fue aprender a confiar. En el kayak. En mis instructores. En el río. Y, sobre todo, en mí.
Rendirse es dejar que la corriente decida por ti. Y mientras tenga fuerzas para tomar el remo… seguiré remando. 🛶❤️