22/08/2026
Recientemente, con motivo de una entrevista para un podcast de montaña, volví a sentir en la piel la memoria de aquellos días en el Refugio César Tejos durante la Expedición EOS 2024 al Ojos del Salado.
Lo que no muchas personas saben es que aquel contenedor metálico, clavado en la arena a 5.837 metros en la ladera norte del volcán más alto de la Tierra, no nació de ningún plan turístico ni de una visión deportiva ordinaria. Nació de la tragedia.
El 14 de abril de 1984, un helicóptero SA315B Lama de Helicopteros Andes se estrelló en las faldas del Ojos del Salado.
A bordo iban el piloto chileno César Tejos —ex comandante de la Fuerza Aérea, hombre de la Antártida, acostumbrado a volar donde el aire apenas sostiene el rotor— y Louis Murray, director de la poderosa compañía minera Anglo American.
El aparato tocó tierra en una plataforma helada cerca de la cumbre y, al intentar despegar, perdió sustentación. Cayó. Ambos hombres murieron en la inmensidad blanca y negra de ese desierto de altura.
Para recuperar los cuerpos en aquel paisaje hostil, donde el viento barre como un cuchillo y el oxígeno es casi un recuerdo, los equipos de rescate subieron contenedores metálicos adaptados a toda prisa. Cuando la misión terminó, aquellos cajones de acero se quedaron.
El que quedó más arriba, a 5.837 metros, fue bautizado Refugio César Tejos en honor al piloto. El de más abajo, a unos 4.500 metros, recibió el nombre de Murray.
Dormir dentro de un contenedor de metal a casi seis mil metros no es dormir: es confrontarse con la montaña en su forma más cruda. El viento, que a menudo supera los 100 km/h, golpea las paredes como un ma****lo gigante. El frío de –20 °C se cuela por cada soldadura. Y entonces, en la oscuridad absoluta, empiezan a ocurrir cosas que los andinistas solo se atreven a contar en voz baja: voces que parecen venir del viento, golpes secos en las puertas y ventanas, como si alguien —o algo— intentara entrar. En aquella noche de 2024 me tocó dormir prácticamente apoyado contra un témpano de hielo que había crecido en el recibidor de la entrada, un bloque blanco y azul que respiraba frío cada vez que se abría la puerta.
Pero el Tejos no es el único contenedor con historia. Más abajo, a 5.200 metros, se encuentra el Refugio Atacama.
Los guías locales suelen contarlo con una sonrisa irónica cuando uno llega exhausto a Tejos: aquel módulo era originalmente un laboratorio astronómico, donado por la Unión Soviética a una universidad chilena en los años setenta. Tras el golpe militar de 1973, los militares ordenaron destruirlo por sus nexos comunistas. Los estudiantes de geología, montañistas de alma y corazón, lograron convencerlos de no hacerlo. En cambio, lo subieron en camiones Unimog por pistas que apenas existían y lo dejaron en la alta montaña para salvarlo. Hoy, aquellos dos contenedores —el soviético rescatado y el que nació de la tragedia de 1984— forman la columna vertebral de la ruta clásica de ascenso al Ojos del Salado.
Durante décadas, el Refugio César Tejos fue uno de los puntos habitables más altos del planeta. Una cápsula de metal donde el ser humano se aferra a la vida mientras el Volcán más alto de la Tierra duerme un sueño inquieto a su alrededor.
En noviembre de 2017 una expedición chileno-alemana lo destronó parcialmente al armar el Refugio Amistad a 6.100 metros. Pero el Tejos sigue siendo el campamento de ataque definitivo, el lugar donde la mayoría de los que intentan la cumbre pasan su última noche antes de enfrentarse a su cráter y eventualmente a su cumbre.
Dormir allí no es solo una experiencia que afecta tu fisiología. Es una prueba psicológica extrema.
Es escuchar el viento hablar con la voz de los mu***os, sentir el metal vibrar como si la montaña misma estuviera viva, y comprender que, en esos seis mil metros, el hombre es apenas un invitado frágil en un reino que no le pertenece.