09/08/2026
Hay algo que, después de tantos años trabajando con niños, todavía me cuesta entender.
Los niños se van.
Se van sonriendo, se van contentos, se van con sus amigos, con sus experiencias, con sus pequeñas historias… y muchas veces, después de un tiempo, vuelven a acordarse de ti.
Te recuerdan por una frase que les dijiste, por un entrenamiento, por una broma, por aquella vez que creíste en ellos cuando ellos todavía no creían en sí mismos.
Porque para un niño, un entrenador no siempre es solamente la persona que le enseña a jugar.
A veces somos una figura de referencia.
Alguien que los acompaña durante una etapa importante de su vida.
Alguien que les enseña disciplina, esfuerzo, respeto, responsabilidad y también a levantarse después de equivocarse.
Y, sin embargo, hay algo que todavía me cuesta aceptar:
muchas veces los adultos no agradecemos a las personas que estuvieron ahí para nuestros hijos.
No lo digo como una acusación.
Creo que muchas veces simplemente no nos damos cuenta.
Vivimos demasiado deprisa.
Los niños cambian de equipo, cambian de escuela, cambian de entrenador… y seguimos adelante.
Quizá pensamos que era simplemente su trabajo.
Y sí, es su trabajo.
Pero también hay trabajos que dejan huella.
Un entrenador puede pasar cientos de horas con un niño. Puede conocer sus miedos, sus inseguridades, sus capacidades, sus momentos difíciles. Puede aprender a exigirle, pero también a contenerlo. Puede celebrar sus pequeños avances que quizá en casa nadie llegó a ver.
Y cuando llega el momento de marcharse, muchas veces simplemente decimos:
“Gracias, profe.”
O ni siquiera eso.
Y quizá deberíamos detenernos un momento.
No para agradecerle por haber ganado partidos.
No por haber conseguido trofeos.
No porque nuestro hijo haya sido el mejor.
Sino por haber sido parte de su camino.
Yo siempre he sido una persona muy agradecida.
Me enseñaron que cuando alguien dedica tiempo, esfuerzo y cariño a ayudarte a crecer, se agradece.
Por eso, quizá precisamente porque yo lo he vivido así, reconozco que todavía me cuesta aceptar cuando alguien pasa por la vida de nuestros hijos, les aporta algo importante y simplemente desaparece sin siquiera una palabra de agradecimiento.
No necesitamos grandes reconocimientos.
A veces basta con un mensaje.
Un “gracias por haber acompañado a mi hijo durante esta etapa”.
Porque quizá nosotros, los adultos, olvidemos pronto.
Pero los niños no siempre olvidan.
Y algún día, muchos años después, ese niño puede encontrarse con aquel entrenador y decir:
“Profe, ¿se acuerda de mí?” (Y me ha pasado)
Y probablemente el entrenador sí se acuerde.
Porque mientras para nosotros fue una etapa más…
para ellos pudo haber sido una parte importante de su historia.
Y creo que en un mundo donde cada vez vamos más rápido, volver a enseñar a nuestros hijos —y a nosotros mismos— a agradecer, también es una forma de educar.