17/10/2020
Este recuento puede causar la risa (nerviosa) de unas cuantas, pero créanlo o no es recuento de varias historias de las cuales fui testigo.
Cuando niña la madre enfatiza el género como un trofeo, el premio de otra niña. Ella se siente orgullosa y va por la vida diciendo: “mi muñequita por aquí… mi muñequita por acá”. Por decir solo eso, pues hoy en día el síndrome de la princesa… Llega materializar esa ilusión insatisfecha disfrazando a la hija con cuanto trapo encuentran, desde moñitos, ligas o gomitas, listones, pulseritas, otras llegan al extremo de las medias con holanes, zapatos de charol de lo más incómodos. Se emocionan con temas de moda, en algunos casos y los más discretos se concretan a lunares, corazones, otras más audaces pasan a los personajes de caricatura y la lista es interminable. No siempre estos detalles logran el objetivo de la madre: “Hacer de su muñeca el culto a la femineidad”.
En la siguiente etapa, la adolescencia. Sucede que la muñequita empieza a definir su identidad solo navegando en un sinfín de personalidades inspiradas en sus iconos por no llamarlas ídolos. Es aquí donde la chica experimenta un mar de posibilidades con su melena, con el maquillaje en ciertos casos, unas extremadamente deportistas, otras consientes de las nacientes curvas explotan al máximo esa impetuosa tentación por el s**o puesto. El exceso de información puede confundir a la nueva damisela y sin embargo puede ser que la ausencia de ella cobre la factura. En casos extraños las madres se ven afectadas pues resulta que la nena es más linda que ellas y tratan de competir usando la misma ropa, los mismos modelos de calzado, otras el mismo peinado y la lista sigue.
Una de las reglas de oro en cuestión de moda y buen gusto (según una veterana del tema) es: Si lo usaste y regresa la tendencia luego de algunos años ya no es para ti.
Esta mujercita no sabe que las hormonas están trabajando en su cuerpo y emociones sin control, tan solo el roce del niño más atractivo puede cambiar su estado de ánimo, lo mismo que el granito inoportuno que adorna su rostro, la interrupción de sus pensamientos por el llamado de la madre, etc. El juego brusco puede decir un millar de mensajes, las risas y los enojos otros tantos. Y algunas no entienden que hay de atractivo en ellos. Lo cierto es que también son presa fácil para algunos cocodrilos, desde el profesor que se aprovecha de la inocencia de la joven, el tío que juega con ella o el vecino, amigos de la familia, en fin, esa fragancia que se percibe a su paso es el néctar para muchos salvajes.
Ahora la damisela es una hermosa señorita, ha florecido. Creyendo que conoce el mundo y los hombres; percibe los comentarios de la madre y las tías como poco pertinentes ya que son un tanto anticuadas, ellas no han crecido en la era moderna. Esta chica tiene todo bajo control, desde ci*******os, alcohol, anticonceptivos, dr**as y gastos. Solo mientras lo piensa. Pasa por alto los consejos que se le han brindado, sabe que es la joya preciada para quien ella elija de pareja. Pero, acaso ¿es obligación ser una dama en extremo femenina? Nadie le ha preguntado de sus inquietudes, sentimientos, planes, malestares; es la más dulce y afectiva con sus amigos, pero ¿qué hay de sus anhelos, sus complejos? ¿Cómo ser la dama joven, hermosa, femenina, cálida, inteligente, segura de sí misma, tierna, responsable, exitosa y respetable que se espera de ella? A caso ¿alguien dijo que TODO eso es un requisito para tener un futuro asegurado? ¿Dónde está el manual? Lo único seguro es de que no quiere repetir los mismos errores que ella cree que su madre pudo evitar.
Una vez convertida en toda una mujer con o sin carrera universitaria, algunas ya pasaron por el proceso del matrimonio, otras hasta son madres. ¿Y…