21/12/2025
Allá por el año 2006 Subí a la montaña del parque Yellowstone con la respiración corta y las piernas ardiendo, como si cada paso tuviera que convencerme de seguir. La pendiente no preguntaba por mis razones; simplemente exigía constancia. A ratos el viento parecía burlarse, y el bosque —pinos firmes, silenciosos— me observaba avanzar despacio, torpe, pero sin detenerme.
No subía para vencer la altura, sino para comprobar algo más íntimo: que la determinación no es un estallido heroico, sino una suma de pasos pequeños cuando el cansancio quiere ganar. Cada metro era una promesa cumplida a medias, un “todavía puedo” susurrado entre jadeos.
En la cima me recibió una quietud inesperada. Allí estaba la piedra: enorme, áspera, partida por la mitad como si un rayo hubiera pasado por su corazón. Y entre las dos mitades, apretado con paciencia milenaria, un árbol. No la había roto de un golpe; la había vencido insistiendo. Raíz tras raíz, temporada tras temporada, el árbol había encontrado un resquicio y lo había convertido en destino.
Me senté frente a ese testimonio silencioso y entendí. La determinación no empuja montañas: se infiltra. No grita: persevera. El árbol no pidió permiso a la roca ni esperó condiciones ideales. Creció. Y al crecer, transformó lo imposible en evidencia.
Bajé de la montaña con la imagen grabada como una brújula. Cuando el camino vuelva a inclinarse, recordaré que incluso la piedra más dura cede ante quien no se rinde. No por fuerza, sino por constancia.
No es AI. Es una de mis mejores enseñanzas.
Autor: Sergio Cano.