04/10/2025
Una Antigua Reflexión:
No sé si estas palabras serán alguna vez leídas.
No sé si el tiempo dejará de tragarse las voces de los hombres.
Pero hoy, al terminar otra jornada bajo el sol abrasador, siento la necesidad de escribir.
Me llamo Ahmed. Tengo veintidós vueltas al sol, y mis manos conocen el peso de la piedra y el silencio de los cielos.
Aquí, entre arena y sudor, ayudamos a levantar lo que llaman la Pirámide de Guiza.
Dicen que su verdadera forma no es solo piedra, sino símbolo, llamado a resonar más allá de nuestra era.
Pero esa historia no es nuestra. Es de ellos.
De los que bajaron del cielo.
Los llamamos “nḫtyw ḥr pt”, los Altos del Firmamento.
Los vimos llegar cuando aún era niño.
Eran distintos… inmensos, de brazos largos, con rostros imposibles de dibujar. Algunos parecían bestias, pero sabían hablar. No con palabras, sino con una voz que tocaba algo más profundo.
No les temíamos. Nos hablaban como si nos conocieran desde siempre.
Y quizás lo hacían.
Nos enseñaron cosas…
Cómo tallar con precisión. Cómo alinear con las estrellas. Cómo escuchar el ritmo de la tierra.
Y nos hablaron del tiempo.
De cómo lo que nosotros llamamos "una vida" para ellos es apenas un suspiro.
“Cuando nosotros volvamos a casa,” dijeron,
“ustedes habrán olvidado nuestros nombres.”
“Donde ustedes verán mil generaciones, nosotros apenas habremos cerrado los ojos un instante.”
Eso me persigue.
Esa idea de que vivimos en un tiempo que no nos pertenece del todo.
Que hay quienes nos ven como niños que apenas comienzan a mirar hacia arriba.
¿Y si tienen razón?
¿Y si nuestra historia no comenzó con nosotros, sino con aquellos que vinieron de más allá, del cielo?
Dicen que este lugar, este Terrum, no es único.
Que hay otros mundos.
Otras especies.
Pero fue a nosotros a quienes eligieron.
¿Fue compasión? ¿Curiosidad? ¿Destino?
No lo sé. Pero siento algo cuando los veo. Algo antiguo. Como si los recordara de antes de nacer.
Hoy he visto otra vez el objeto que flota en el cielo.
Nunca nos dejan subir.
Ellos descienden en carrozas de fuego, hacen su trabajo, nos observan, nos enseñan, hay muchas cosas que hoy no entendemos, pero aseguran que lo que nos muestran hoy es la semilla que abrirá los secretos del mañana…
Ellos están siempre mirando hacia las estrellas, como si esperaran que las siguiéramos algún día.
Y quizá lo haremos.
No yo. Ni mis hijos.
Tal vez en diez mil vueltas más. Cuando este cuerpo ya sea polvo, y mi nombre no sea más que un sonido olvidado por el viento.
“Ustedes construirán cosas más grandes que esto”, dijeron.
“Y lo harán más rápido. Serán libres en el cielo, como hoy lo son en la tierra.”
A veces, mientras coloco una piedra más sobre esta montaña de símbolos, me detengo y pienso en lo que dijeron:
“Algún día nos alcanzarán.”
No lo dijeron con orgullo ni con pena.
Lo dijeron como quien ve el brote de un árbol y sabe que un día tocará el cielo… si nadie lo corta antes.
Pero yo no sé si eso será cierto.
No porque dude de ellos…
Sino porque aún dudo de nosotros.
¿Realmente podremos llegar hasta donde ellos están?
¿Recordaremos lo que nos enseñaron cuando ya no estén?
¿O dejaremos que sus palabras se desvanezcan, como el polvo entre las piedras?
Me gustaría creer que sí.
Que cuando ellos miren hacia este mundo desde su hogar entre las estrellas, verán que cumplimos con aquello que apenas entendíamos.
Que no solo tallamos rocas, sino también ideas.
Que no solo aprendimos a construir, sino a soñar.
Pero yo no lo sabré.
Mi tiempo es breve, corto, insignificante.
Solo puedo dejar este pensamiento escrito…
Para quien venga después.
Por si un día, alguien, en otro tiempo, se pregunta cuándo comenzó todo.
Y si acaso… todavía estamos a tiempo de alcanzar lo que fuimos prometidos.
“Algún día nos alcanzarán”, dijeron.
Yo solo espero… que no se hayan equivocado.