17/06/2026
El cine a través de las Flores de Bach
Casablanca (Michael Curtiz, 1942)
¿Qué ocurre cuando la vida te devuelve algo que creías haber dejado atrás?
A veces una película nos permite reflexionar y ver desde fuera resortes que nos resultan familiares… e incluso que hemos vivido.
Casablanca es una de esas películas que nos habla de esos lugares a los que, quizá sin pensarlo, tenemos que volver.
Formas de responder a experiencias que nos hicieron daño, que nos marcaron, que no pudimos cerrar… y que aún siguen vivas dentro de nosotros.
Y es posible que haya pocas películas donde podamos entender tan bien la humanidad de las dudas y el exilio al que nos lleva el dolor profundo y silenciado.
Así aparece Rick Blaine (Humphrey Bogart), jugando al ajedrez solo, aislado, con un humor irónico que no pretende divertir a nadie, sino mantener distancia y evitar hablar de sí mismo.
Esa autosuficiencia, esa reserva, ese humor inteligente y elegante que le vuelve inaccesible, nos lleva al remedio floral Water Violet.
Pero a veces el aislamiento no nace solo del carácter.
A veces es una forma de proteger algo que aún duele.
Debajo de esa distancia habita una gran amargura en el corazón. Una decepción profunda. Un desencanto que nace de no haber aceptado ni comprendido por qué las cosas fueron como fueron.
Y ahí aparece Willow.
En los personajes podrían nombrarse muchas más capas florales (Agrimony, Star of Bethlehem, Honeysuckle, entre otras), porque ninguno de ellos se sostiene en una sola emoción. Como ocurre en las personas, conviven varias fuerzas a la vez, a veces incluso contradictorias. He elegido, aun así, una única línea semántica para poder contarlo sin dispersión.
En Casablanca, el relato se condensa en una geometría emocional precisa: un triángulo donde cada vértice sostiene una forma distinta del amor, el deber y la pérdida.
Ilsa (Ingrid Bergman), la mujer de su pasado, aparece de forma inesperada.
Y este reencuentro despierta en ella una profunda división interior.
Sus ojos enjugados en lágrimas, casi continuamente, muestran esos sentimientos tensos que a veces conocemos bien: querer decirlo todo, sentir que todo dentro está a punto de soltarse… y aun así contenerlo, como si en cualquier momento algo pudiera desbordarse.
Hasta el final.
Y eso nos lleva a Cherry Plum.
Su tensión interna tiene una causa clara: está dividida por dentro entre el amor y el deber, entre el pasado y el futuro, entre la vida que un día soñó junto a Rick y la responsabilidad que siente junto a Laszlo (Paul Henreid).
Sabe que, decida lo que decida, siempre habrá una parte de ella que permanezca en la otra posibilidad.
Como esas dos verdades que a veces conviven dentro de nosotros.
Ahí aparece Scleranthus, cuando la duda no se comparte, no se resuelve, no se dice… simplemente se sostiene en silencio.
Sam (Dooley Wilson), mientras tanto, custodia la memoria al piano.
Es el mediador entre dos mundos.
Con As Time Goes By nos recuerda algo sencillo y profundo: hay recuerdos que no vuelven para recuperar lo perdido, sino para ser comprendidos desde otro lugar.
Porque el tiempo no siempre cura las heridas… a veces solo nos permite mirarlas de otra forma.
Y quizá sea precisamente esa comprensión la que empieza a abrirse paso también en Rick.
Y así lo manifiesta cuando toma una decisión irrevocable.
Entiende que no puede quedarse con Ilsa sin fracturar su posibilidad de ser feliz, ni devolverla a un pasado que ya no puede ser vivido del mismo modo.
En ese momento, algo cambia en su forma de mirar lo vivido: lo que antes era herida, ahora empieza a asentarse. Y lo que estaba abierto, por fin encuentra una forma de cerrarse.
Es entonces cuando comprende algo esencial: amar no siempre significa retener.
A veces significa dejar partir.
Es ahí donde Rick dice:
“Siempre nos quedará París.”
Pero París ya no es un lugar.
Es otra cosa.
No es una promesa de futuro, ni un regreso al pasado.
Es la posibilidad de conservar lo vivido sin quedar atrapados en ello.
París se convierte en un estado de conciencia:
donde lo que dolió se comprende,
lo que se perdió se integra,
y el amor deja de ser un peso para convertirse en memoria viva.
Quién sabe…
quizá todos necesitemos, en algún momento, encontrar nuestro propio París.
Ese lugar interior donde lo vivido ya no pesa,
pero tampoco se olvida.
¿Cuál es el tuyo?
_ Celia Guerra BFRP 🍀