05/06/2026
¿HACIA UNA NUEVA ERA DE LA MARCHA NÓRDICA COMPETITIVA?
A raíz de algunos comentarios surgidos en el debate abierto en la publicación compartida por Eric Woimant —especialmente la reflexión planteada por Tiziano sobre dónde existe realmente el impulso en marcha nórdica competitiva—, me parece interesante profundizar un poco más en esta cuestión desde el punto de vista de la dinámica de la marcha y de la integración funcional del bastón.
El debate surge precisamente tras analizar vídeos de marchadores de élite españoles en plena competición, donde aparecen patrones locomotores muy rápidos y altamente optimizados que, visualmente, pueden alejarse bastante de la imagen más clásica de la marcha nórdica.
No escribo esto con intención de sentar una verdad absoluta, sino precisamente para abrir reflexión y debate sobre algo que considero apasionante: cómo interactúan realmente locomoción y bastón cuando la marcha nórdica se lleva a velocidades competitivas muy altas
Creo que durante mucho tiempo muchos hemos tenido la idea de que el bastón debía “arrastrar” el cuerpo hacia delante, casi como ocurre en el esquí de fondo, donde el bastón puede llegar a actuar como un motor principal del desplazamiento.
Sin embargo, cada vez tengo más dudas de que esa comparación tenga realmente sentido en la marcha nórdica competitiva.
La locomoción humana sigue siendo el verdadero motor principal de la marcha. Nadie paraliza las piernas para que el bastón tire del cuerpo. Y probablemente tampoco tendría sentido hacerlo si el objetivo es la eficiencia.
Si una persona quiere caminar con ligereza utilizando bastones, lo primero que necesita es precisamente caminar con ligereza.
El bastón no deja de ser un objeto inerte al servicio de la locomoción. No sustituye al cuerpo ni reemplaza el trabajo de las piernas. Su función probablemente sea colaborar funcionalmente con una dinámica locomotora ya eficiente.
Y ahí es donde, bajo mi punto de vista, aparece la verdadera importancia de la sincronización.
Cuando el bastón entra antes del despegue de los dedos del pie ipsilateral, permanece inclinado por detrás del centro de masas y acompaña el movimiento hasta justo sobrepasar la línea del cuerpo, comienza a integrarse exactamente en el momento donde el sistema locomotor entra en su principal fase de aceleración.
Es decir: el bastón no “arrastra” el cuerpo, sino que participa funcionalmente en una aceleración que ya está siendo generada por la propia locomoción.
Y resulta especialmente interesante que este momento coincida precisamente con lo descrito por Jacqueline Perry como fase de aceleración de la marcha y, al mismo tiempo, con lo que Dominique Verrière denomina fase de tracción en su estudio sobre más de cien marchadores.
No parece casualidad que sea precisamente hasta la línea de la cadera donde Dominique observe la mayor capacidad propulsiva y donde sus mediciones muestren una capacidad de tracción claramente superior al empuje posterior.
En la teoría clásica de la marcha nórdica, sin embargo, el bastón suele entrar aproximadamente bajo el centro de gravedad y coincidiendo con el apoyo del talón. Entiendo que este modelo busca principalmente amortiguar el impacto articular y ayudar a elevar nuevamente el centro de masas tras una zancada amplia provocada por grandes movimientos de brazos.
En este contexto, el bastón puede permanecer más tiempo relativo apoyado en el suelo y, siempre que mantenga una inclinación compatible con el avance, seguirá colaborando parcialmente con el desplazamiento. Sin embargo, desde mi punto de vista, gran parte de esa fase se utiliza en recuperar y elevar un centro de masas que previamente ha descendido de forma excesiva.
Y precisamente aquí aparece una cuestión importante desde la dinámica de la marcha: a partir de la fase media, el sistema locomotor comienza progresivamente a desacelerarse.
Entonces surge una pregunta razonable: ¿qué sentido tiene seguir empujando intensamente desde atrás cuando el cuerpo ya está entrando en una fase de frenado y preparación del siguiente apoyo?
Y del mismo modo, ¿qué sentido tiene mantener durante tanto tiempo los cuatro apoyos activos sobre el suelo si en contexto competitivo no buscamos equilibrarnos con el bastón, ni amortiguar el impacto, ni mantener una determinada estética del gesto?
En competición, el objetivo principal es desplazarse de la forma más eficiente posible. Y probablemente eso obliga a preguntarse si el bastón debe prolongar artificialmente el tiempo de apoyo o, por el contrario, integrarse únicamente durante la fase donde realmente puede colaborar con la aceleración del sistema locomotor.
Prolongar excesivamente el empuje posterior puede aumentar: el gasto energético asociado al frenado, la separación del pie delantero respecto al centro de masas, y el descenso vertical innecesario del cuerpo, que posteriormente debe volver a elevarse.
Y probablemente ahí es donde el bastón adquiere un papel distinto dentro de la teoría clásica: más relacionado con sostener, elevar y acompañar el movimiento que con integrarse directamente en la principal fase de aceleración.
En el esquí de fondo, este tiempo prolongado de apoyo sí tiene mucho más sentido porque existe deslizamiento continuo. Pero en la marcha humana la situación mecánica es distinta: cada apoyo implica una transición constante entre aceleración y desaceleración.
Por eso invito a observar detenidamente vídeos de competiciones de distintos países europeos. Con frecuencia pueden verse:
• bastones que rebotan sin control
• bastones prácticamente verticales mantenidos durante gran parte del apoyo, que según los cálculos expuestos por Dominique Verrière reducen enormemente la componente horizontal útil de la fuerza transmitida (a 90° prácticamente desaparece),
• bastones con apoyos laterales o “roulis” muy marcados, donde parte de la fuerza se desvía lateralmente en lugar de dirigirse hacia delante,
• o la marcha descrita por Dominique Verrière como “marcha en 4 tiempos extrema”, donde el bastón entra cuando la principal fase de aceleración ya ha finalizado.
Y precisamente aquí aparece una cuestión interesante para el debate: si en todos estos casos la contribución horizontal del bastón disminuye claramente —ya sea por verticalidad, lateralización, rebote o entrada tardía—, dejando una participación mínima o incluso prácticamente nula del bastón en el impulso hacia delante, ¿no termina recayendo entonces la mayor parte de la propulsión horizontal sobre las piernas y la propia locomoción humana?
Mi planteamiento no busca negar el enorme papel de las piernas ni de la locomoción humana. Al contrario: hablamos de atletas con grandes capacidades físicas y locomotoras.
Precisamente por ello creo que el reto técnico real consiste en combinar: una locomoción eficiente, piernas fuertes y reactivas, y una utilización extremadamente precisa del bastón.
Porque cuando el bastón entra en el momento adecuado, con suficiente inclinación y coherencia temporal, puede observarse cómo incluso sobre terrenos muy duros permanece perfectamente anclado al suelo.
Y precisamente eso resulta interesante: con los ángulos de inclinación utilizados por estos marchadores, si no existiera una presión funcional suficiente, el bastón tendería a deslizarse hacia atrás, algo que puede observarse con frecuencia en vídeos de esa misma competición en marchadores con menor precisión técnica en el uso del apoyo.
Mientras el bastón permanezca firmemente anclado y sincronizado con la fase de aceleración del sistema locomotor, resulta razonable preguntarse por qué habría que dudar de la existencia de una contribución activa al impulso horizontal.
Y si la propia dinámica de la marcha alterna inevitablemente fases de aceleración y desaceleración, quizá el error sea intentar prolongar artificialmente una fase propulsiva cuando el cuerpo ya está entrando mecánicamente en frenado. Tal vez la verdadera eficiencia no consista en luchar contra la organización natural de la locomoción, sino en integrar el bastón exactamente en el instante donde el sistema locomotor realmente puede transformar esa acción en aceleración útil hacia delante.
Quiero agradecer sinceramente a todas las personas que están participando en este debate, tanto a quienes comparten esta visión como a quienes la cuestionan. Precisamente ese intercambio de ideas es lo que permite reflexionar, seguir observando y profundizar en una disciplina todavía muy joven y en constante evolución.