28/08/2026
EL COSTE OCULTO DE LA AMPLITUD
Cuando se habla de mejorar la marcha nórdica, casi siempre se habla de sumar: más amplitud de brazo, más recorrido del bastón, más extensión hacia atrás. La idea implícita es que más siempre es mejor. Pero el cuerpo no funciona por generosidad, funciona por física, y la física dice algo distinto: todo lo que aceleras, después lo tienes que frenar.
Cada zancada tiene dos mitades. En la primera, el pie aterriza por delante del centro de masas y frena el avance del cuerpo. En la segunda, ya con el pie detrás, se produce el empuje que lo vuelve a acelerar. Frenado y propulsión no son fases independientes: van prácticamente a la par, y aumentan juntas cuando aumenta la velocidad, tal como muestran los datos de campo sobre marcha acelerada (Peterson, Kautz y Neptune, 2011).
Un estudio reciente que provoca experimentalmente un mayor esfuerzo propulsivo mediante biofeedback muscular confirma exactamente lo mismo: al aumentar la activación, el frenado creció tanto como la propulsión, y los propios autores descartan que el resultado sea solo "un pico de propulsión más alto" — lo describen como una adaptación coordinada de toda la fase de apoyo, no una mejora selectiva de un único tramo (Koiler y Getchell, 2026). Si aceleras más, frenas más después.
Es una relación tan directa como F = m·a: a mayor cambio de velocidad que le exijas al cuerpo, mayor tiene que ser la fuerza que lo produce, y esa fuerza se paga en ambos extremos del apoyo.
Cuando ese frenado extra compra velocidad real, el trato tiene sentido. El problema aparece cuando no la compra.
Esto no significa que el brazo deba quedarse corto. La mano sí debe pasar por detrás del cuerpo, dejando un pequeño espacio entre la mano y el contorno del cuerpo —por donde se ve pasar la luz— y ese punto marca, precisamente, el límite funcional de retropulsión del hombro. Hasta ahí, el gesto sigue generando fuerza útil. El problema empieza después de ese límite, cuando se sigue extendiendo el brazo más allá de lo que el hombro puede aportar con eficacia.
Alargar el paso manteniendo el bastón clavado en el suelo hasta forzar una extensión completa del hombro se acerca mucho a ese caso, aunque con un matiz importante: no en todos los marchadores el bastón llega a verticalizarse del todo, y no puede afirmarse que en ese tramo final el empuje desaparezca por completo. Lo que sí ocurre, casi siempre, es que se reduce con claridad, por dos motivos que se suman.
El primero es angular: solo la componente horizontal de la fuerza del bastón empuja el cuerpo hacia delante, y esa componente depende directamente de su ángulo de apoyo — cuanto más se acerca el bastón a la vertical, menor es la parte de esa fuerza que realmente propulsa.
El segundo es muscular: al extender el hombro hasta el final, cambia también la dirección de la fuerza que pueden aportar los músculos implicados, que deja de estar orientada hacia donde el cuerpo la aprovecha. Por poco impulso que quede en ese tramo, la combinación de ambos efectos lo deja sistemáticamente por debajo del que se genera durante la fase de propulsión real. Y mientras tanto, el paso se ha alargado: un pie que aterriza más lejos del centro de masas exige más frenado en el siguiente apoyo.
Esto describe a quien busca la amplitud por la amplitud.
Es un patrón distinto del que se observa, sobre todo a alta velocidad, en quienes apenas parecen usar el bastón: ahí el tiempo de contacto con el suelo no tiene por qué ser menor —puede ser el mismo que el de quien apoya antes del despegue del pie y retira el bastón nada más pasar la línea del cuerpo—, pero se produce enteramente en la ventana equivocada. El bastón se apoya cuando la propulsión ya ha terminado y se mantiene hasta que despegan los dedos del pie contralateral: todo ese tiempo de contacto queda dentro de la fase de empuje, con el ángulo abierto desde el primer instante, sin haber pasado nunca por la tracción.
El problema, en ese caso, no es cuánto tiempo está el bastón en el suelo, sino en qué ventana del ciclo.
La fase que de verdad tiene efecto sobre el rendimiento es la tracción: exige más fuerza que el empuje, y sobre todo coincide con el instante en que la pierna está acelerando de verdad. Apoyar el bastón cuando la tracción ya ha terminado —y mantenerlo clavado hasta el final del recorrido del brazo— no llega a tiempo para esa aceleración: se salta por completo la fase donde el bastón tiene un efecto real y se conserva únicamente la fase donde apenas lo tiene. En la práctica, es acelerar justo lo que en ese momento debería estar frenando.
Esta confusión entre alargar el gesto y mejorarlo no es casual, y tiene una explicación histórica. La marcha nórdica nace del entrenamiento de esquí de fondo, donde alargar el impulso del bastón no tiene el mismo coste: tras el empuje, el deslizamiento sobre la nieve permite que el cuerpo siga avanzando con muy poca fricción, sin el frenado discreto que produce cada apoyo del pie sobre una superficie firme.
Alargar el empuje en el esquí no rompe ningún equilibrio, porque no hay un aterrizaje que frenar después. Trasladar esa misma lógica —cuanto más largo el impulso, mejor— a un gesto donde cada paso termina en un apoyo real y un frenado real es aplicar la física de un deporte a otro que no comparte sus condiciones.
Por eso resulta desconcertante que el criterio con el que habitualmente se valora la técnica en las competiciones Europeas, se fije casi solo en cuánto se amplía el brazo hacia atrás, y casi nunca en si el bastón entra antes del despegue del pie trasero, que es precisamente lo que sitúa el esfuerzo donde tiene efecto real. Se termina penalizando, de hecho, a quien entra correctamente en la fase de tracción —la más exigente— mientras se premia la amplitud de un empuje tardío que, en el mejor de los casos, ya no acelera nada.
Planteado así, el debate suele reducirse a una elección de estilo: más sincronía con algo menos de amplitud, o más amplitud con menos sincronía, cada opción con su coste y su ventaja, a elegir según preferencia. Pero no es una elección simétrica. A un lado de esa balanza está la fase que realmente acelera el cuerpo. Al otro, en el mejor de los casos, no hay nada que ganar, y en el peor, se añade aceleración justo cuando ya no toca. No es una cuestión de qué estilo gusta más. Es una cuestión de qué parte del gesto tiene efecto real y cuál no.