27/10/2025
CRÓNICA TORREZNOS - MADIBA RUGBY
Prisión Estremera - Madrid VII
(El día que 25 Torreznos salieron juntos de la cárcel)
Fue inusual ver tanto torrezno junto despierto tan temprano. Eran las 7:30 de la mañana, aún de noche, la última mañana con el horario de verano. En el aire había algo distinto: la mezcla de nervios y curiosidad ante lo desconocido.
A las 8:50 llegábamos a la entrada del Centro Penitenciario de Estremera. El primero en llegar, Osvaldo, descubrió que no estaba en la lista. Luego el segundo, el tercero… hasta confirmar que, al menos en la puerta inicial, no habíamos sido correctamente anunciados. Aquel inicio ya dejaba claro que ese no era nuestro entorno habitual. Pero, como buenos torreznos, nos juntamos con la mejor predisposición en el parking, esperamos a los últimos coches que iban llegando y, con ayuda de los entrenadores de la Fundación Invictus, fuimos entrando.
Había risa nerviosa, chascarrillos fuera de lugar y miradas contenidas. Los controles de seguridad eran más un ritual que una amenaza: contarnos una y otra vez para asegurarse de que saldríamos los mismos que entramos. El trato de los funcionarios del centro penitenciario fue exquisito. Pero estábamos en una cárcel, y el entorno imponía.
Como describió Aisa después: “Desde que pisamos el parking la sensación era diferente; no sabíamos con quién nos íbamos a encontrar, y eso te hace estar alerta.”
En el vestuario se notaba tensión. Era de esos vestuarios de antaño, de esos que cuando éramos jóvenes y donde en minutos se condensaba el olor a “rugby”. El rival, su nivel, el campo… todo era una incógnita. Nadie sabía qué esperar. Y se palpaba que mientras Rafa nos daba las pertinentes instrucciones dentro del vestuario, mentalmente no estábamos aún en el partido. Estábamos en una cárcel.
La primera impresión del capitán sobre el rival, mientras los primeros que llegaban hacían un rondo, fue de confianza excesiva. “Les pasamos por encima”, apreciaba que unos cuantos no debían de llevar mucho tiempo manejando un oval. Pero, en cualquier caso, el campo, duro y rodeado de muros, no ayudaba a calmar la tensión. Y seamos sinceros, el rival tampoco; cuando se completó el plantel de los jugadores de Madiba Rugby y salieron todos al calentamiento, se hizo evidente que aquello no iba a ser un partido más. Jóvenes, fibrosos, llenos de energía, y con esa mirada que mezclaba ganas y respeto, con la libertad de que no tenían nada que perder más allá de la que pudiéramos haber visto en cualquier otro rival hasta entonces.
EL PARTIDO
El partido comenzó tarde. Los presos iban saliendo poco a poco convocados por los funcionarios, y eso retrasaba el comienzo. Jugamos tres tiempos de 20 minutos, con reglas de veteranos. Ellos, 17 jugadores; nosotros, 21, con Ruth, Elsa, Rafa y un servidor, su capitán, en la banda.
El primer tiempo nos pilló agarrotados. Demasiado prudentes, poco contundentes. “Quizá ese cúmulo de circunstancias nos hizo estar algo dispersos,” explicaba luego Calderín. Ellos jugaban con hambre y velocidad; nosotros, con cierta precaución impropia de nuestro ADN. La tierra seca no invitaba al placaje bajo, y cada contacto resonaba contra los muros como un eco de advertencia.
El primer tiempo acabó 2-0 a su favor. No habíamos entrado en el partido. Se notaba nuestra desubicación. Su apertura, Nicolás —uno de sus entrenadores del proyecto Invictus, uruguayo y hasta hace nada jugador del Cisneros— dirigía el partido con maestría. Nosotros teníamos más posesión, pero cada error nos costaba caro. Perdíamos en segundos todos los metros ganados con mucho esfuerzo y en dos de esos errores llegaron sus dos primeros ensayos. Así terminó el primer tiempo: descolocados, pero con la sensación de que, si lográbamos entrar en el juego, podríamos remontar.
Y lo hicimos. En el segundo tiempo apareció el rugby torrezno de verdad. El balón fluyó, nos soltamos y dejamos de abusar de la delantera. Llegó un ensayo de manual, de los que nos hacen sonreír: transiciones rápidas, buenas fijaciones de marca y el ala entrando con superioridad. Una joya que inauguró no solo nuestro marcador sino la cuenta propia de nuestro Edu, su primer ensayo.
Pero el rival seguía siendo durísimo. Placajes dobles que levantaban del suelo a nuestros torreznos más pesados o nos bloqueaban o robaban el balón. Al terminar el segundo tiempo el marcador seguía en su favor, pero ya estábamos dentro del partido, con orgullo y garra.
“Fue un partido duro que nos ha curtido y nos ha mostrado qué mejorar,” resumiría Aisa más tarde, con la serenidad de quien ya lo ha procesado.
El tercero fue puro pundonor torrezno anotando dos ensayos más al presentar nuestro mejor rugby, aunque cada vez más mermados. Mientras, ellos siguieron atacando, rápidos, precisos, y sumaron tres más. Resultado final: 6-3 para Madiba Rugby.
La diferencia fue de físico y oficio, pero no de espíritu. Como dijo Calderín, “ya se veían las asociaciones entre jugadores, los placajes bajos y al equipo que estamos acostumbrados a ver.”
OTRAS MIRADAS
Ruth, nuestra enfermera y amiga, compartía tras el partido:
“Fue un día que se quedará en el recuerdo. Al cruzar esa primera puerta y oír cómo se cerraba, todos demostramos la familia tan grande que somos. Nuestros chicos fueron valientes, duros y tercos. Ninguno quiso salir del campo pese a los golpes o los dolores. Ver eso fue alucinante. Me quito el sombrero ante el entrenador, que además de arbitrar, supo controlar la tensión, hablar con los presos y hacer que todo fluyera con respeto y cariño. Estoy feliz, orgullosa y afortunada de vivir esta experiencia y hacerlo además con los mejores.”. Desde la banda, su relato transmite el orgullo y la emoción de quien vio nacer algo especial.
Osvaldo, el primero en llegar a la prisión y el último en dejar de pensar en lo vivido, lo resumió con la serenidad de quien entiende que el rugby es mucho más que un deporte:
“La previa estuvo llena de interrogantes: cómo sería entrar, cómo sería jugar rodeados de muros, qué representaría este partido para ellos. Pero al sonar el pitido inicial, los muros desaparecieron. Dejamos de juzgar y empezamos a jugar. Nos empleamos a fondo y, aunque no logramos frenarlos, fue un partido intenso, divertido, disfrutado por todos. Al final, el tercer tiempo fue el momento de abrazarnos, brindar, cantar y celebrar juntos. Imagino los balones que les dejamos rodando de mano en mano en los patios, motivándolos a seguir entrenando el físico y la mente para desarrollar su mejor rugby… en el campo y en la vida.”
DESPUÉS DEL PITIDO
El final fue uno de esos momentos que quedan grabados. Pasillo de honor, abrazos, risas sinceras. Ellos nos ofrecieron cervezas 0,0; nosotros les regalamos camisetas conmemorativas, dos balones torreznos y el material deportivo que el club había recogido para ellos. Hubo bromas, palabras de agradecimiento y un sentimiento compartido difícil de explicar.
Jaimolas lo resumió con sencillez: “Ver las rejas y luego ver sus sonrisas te cambia por dentro. Les dimos rugby, pero ellos nos dieron libertad.” Y así fue. Quizá fuimos con la idea de aportar algo, y al final —como reconocía Calderín—, fuimos nosotros los que más recibimos.
MÁS ALLÁ DEL MARCADOR
Cruzamos de nuevo los controles en dirección salida, los mismos 25 torreznos salían de la cárcel… pero un poco distintos. Habíamos jugado un partido inolvidable, de esos que no se miden en puntos sino en miradas, en respeto, en aprendizaje. El rugby, una vez más, demostró que puede ser un puente entre mundos.
Nuestro agradecimiento a la Fundación Invictus por hacerlo posible, a Madiba Rugby por su nobleza dentro y fuera del campo, y a quienes cuidaron de nosotros —Rafa, Ruth y Elsa— por su entrega y cariño.
Y, por supuesto, como siempre, recordar que nada de esto sería posible sin nuestros patrocinadores, las mejores empresas del mundo mundial:
-famed_ · https://www.clinica-famed.com/
Porque como decimos siempre en el TRC:
¡Nos caemos!! ¡Nos levantamos!!