08/06/2026
Hay algo que siempre me ha resultado curioso.
A lo largo de los años he escuchado a muchas personas decirme cuánto les ayuda el yoga, la meditación o simplemente parar unos minutos al día. Me cuentan que duermen mejor, que gestionan mejor sus emociones, que tienen más claridad mental y que se sienten más en paz.
Y, sin embargo, observo una y otra vez el mismo fenómeno.
Cuando aparece un problema, una etapa difícil, una preocupación o incluso las vacaciones, lo primero que muchas personas abandonan es precisamente aquello que les hace bien.
Como si la mente nos engañara.
Nos convence de que ahora no tenemos tiempo. De que ya volveremos cuando todo esté más tranquilo. De que hay cosas más urgentes. De que por unos días no pasa nada.
Y así nos dejamos arrastrar por el ruido, las prisas, las distracciones y los viejos hábitos.
Qué curioso que cuando estamos bien pensamos que ya no necesitamos practicar. Y cuando estamos mal creemos que no podemos hacerlo.
Quizá porque la mente busca lo conocido y lo cómodo, aunque no siempre sea lo que más nos beneficia.
Por eso creo que la práctica no consiste solo en meditar o hacer yoga. La verdadera práctica consiste en recordar. Recordar volver una y otra vez a aquello que sabemos que nos ayuda a vivir con más presencia, más equilibrio y más conciencia.
Porque muchas veces el camino espiritual no consiste en llegar a ningún lugar nuevo.
Consiste en recordar el camino cuando nos hemos alejado de él. 🌿