13/05/2026
Salir al campo o ir a escalar en los 90 y 00 era, quizás, el acto de libertad más extremo. Sin GPS, sin aplicaciones de rescate y sin previsión meteorológica al minuto, la montaña se respetaba de otra manera.
La expedición: Ir de acampada o de senderismo significaba cargar con mochilas pesadas, cantimploras de aluminio y, sobre todo, mucha confianza en la orientación propia. El silencio del campo no se rompía con música de un altavoz Bluetooth, sino con el sonido de las botas sobre la tierra y largas charlas que no competían con ninguna señal de cobertura.
La escalada sin filtros: En la pared, solo estabas tú, tu compañero asegurando y la roca. No se escalaba para conseguir la "vía" más instagrameable ni para medir las pulsaciones en un reloj inteligente. Se escalaba por el reto físico y la superación personal.
El refugio y la bota: Al terminar, la recompensa no era publicar la cima, sino compartir una bota de vino o un bocadillo envuelto en papel de aluminio mientras se contemplaba el paisaje con la satisfacción de haber llegado allí por medios propios.
En aquellos tiempos, la naturaleza no era el escenario de una foto; era el lugar donde la juventud iba a sentirse pequeña, salvaje y, sobre todo, terriblemente viva.
Si quieres sentir algo parecido a todo esto ven al Alto Tajo, ven a Peralejos de las Truchas.