08/06/2026
Chema.
Hace unos 8 años que lo vi por primera vez.
O igual son 9.
Quizás 10.
No lo sé.
Era una mañana cualquiera en la antigua shala. Uno de esos huecos que deja el horario entre clases.
Yo estaba sentado en la puerta, leyendo.
Al lado hay un colegio y la calle sonaba a lo de siempre: niños con mochilas enormes, padres corriendo, gente llegando tarde a algún sitio.
La banda sonora habitual de cualquier mañana.
Y entonces apareció.
Un ciclista.
De esos que parecen astronautas.
Con ropa técnica, una bicicleta fabricada aparentemente con materiales de la NASA y unas gafas que hoy serían perfectamente válidas para una rave.
Pasó de largo.
Me miró.
Y siguió pedaleando.
Pero unos cien metros más adelante frenó, dio la vuelta y vino directo hacia mí.
Se bajó de la bici haciendo ese ruido metálico tan característico de las zapatillas de ciclismo contra el suelo.
Era un tipo grande.
Atlético.
Se acercó y me soltó:
—¿Y esto del yoga cómo ye?
Se me escapó una sonrisa.
Y pensé:
“¿Qué cojones le cuento yo a este hombre?”
Mientras hablaba con él, me fijé en su espalda.
Poca movilidad escapular.
Una cifosis importante.
Y pensé otra cosa:
“¿Cuántos perros boca abajo harán falta para enderezar eso?”
Le respondí lo único que tenía sentido responder.
—Lo mejor es que vengas a probar. Ven mañana a las 18:00.
Y vino.
Y siguió viniendo.
Y siguió viniendo.
Y su espalda está recta.
Pero eso no es lo importante.
Lo importante es que, con los años, Chema se convirtió en uno de los pilares de la shala.
De esas personas que sostienen un lugar simplemente estando.
Y son estas cosas las que me hacen seguir dando clase.
Porque a veces todo empieza con una conversación de treinta segundos en una acera cualquiera.
Un encuentro casual.
Y, sin que nadie lo sepa en ese momento, algo cambia para siempre.
Gracias, Chema.
Por ser.
Y por estar.