10/01/2025
El primer cinturón
El dojo olía a madera pulida y al leve rastro de sudor que dejan los esfuerzos compartidos. Había una energía peculiar en el aire, algo que no sabía describir, pero que me hacía sentir pequeño y, al mismo tiempo, lleno de posibilidades. Era mi primera clase.
El sensei me entregó el cinturón blanco con la solemnidad que el momento merecía. No era un simple trozo de tela; lo entendí en cuanto lo sostuve entre mis manos. Representaba un comienzo, un compromiso conmigo mismo, aunque entonces no lo entendiera del todo.
Me arrodillé para colocármelo. Vi a los demás, más experimentados, con sus cinturones oscuros, desgastados en las puntas por años de entrenamiento. Me sentía torpe intentando imitar cómo se lo anudaban, pero el compañero a mi lado, un cinturón verde con mirada amable, me mostró cómo hacerlo.
Cuando finalmente lo ajusté alrededor de mi cintura, algo cambió. No era solo un cinturón blanco; era una declaración. A partir de ese momento, cada vez que lo llevara sería un recordatorio de mi decisión de enfrentar el esfuerzo, el dolor y la constancia que el camino exigía.
El sensei nos llamó a formar una fila. “Cada cinturón es un paso, pero el blanco es especial”, dijo mientras caminaba lentamente frente a nosotros. “Es pureza, vacío, pero también potencial. Está limpio porque todavía no tiene historia. Ustedes serán quienes la escriban”.
Esa primera clase fue dura. Mi cuerpo no entendía los movimientos, mi mente se resistía a las órdenes rápidas. Caí al suelo más veces de las que me levanté, pero el cinturón seguía ahí, abrazándome, recordándome que estaba comenzando algo que valía la pena.
Al salir del dojo esa noche, cansado pero lleno de una extraña alegría, toqué el n**o del cinturón. Era imperfecto, como yo, pero estaba seguro de una cosa: ese n**o, tan simple y tan simbólico, marcaría el inicio de una historia que aún hoy sigo escribiendo.