07/06/2026
Yo sé que aquello no fue un combate de boxeo, fue un carrusel de emociones desde el minuto uno.
Yo allí intentaba no sentirlas, la emoción se deja para luego, allí procuro enfocarme e intento que nada perturbe mi control; en estos casos mi TDAH no ayuda nada y la importancia del combate menos.
Durante la batalla pude concentrarme en la liza, más o menos, pues la emoción estaba ahí.
Cuando sonó el último tañido de la campana pude soltar el lastre y dejar que corrieran los sentimientos enclaustrados.
Ese final no fue en lo deportivo muy positivo para nosotros, pero en lo emocional me arrolló.
La foto de arriba del ring, verla desde tan cerca resquebrajó mi serenidad. Son los momentos donde sé que practico el mejor deporte del mundo. La mejor boxeadora de la historia del boxeo femenino hasta la fecha es requerida por los fotógrafos, ella llama a Miriam, la mira, sonríe y le cede parte de sus cinturones.
Demuestra una humildad sin parangón y un reconocimiento no solo a una deportista sino a una mujer descomunal.
Allí arriba estaba la mejor campeona de la historia del boxeo femenino y también estaba, a su lado, la mejor campeona de la historia de la vida. Katie quiso mostrarlo así: somos campeonas las dos, yo gano pero tú reinas.
Esos son los valores que yo defiendo de mi deporte, la base fundamental de mi personalidad y la misión que tengo en el mundo. Intentar insuflar esos valores es mi cometido, muchas veces fracaso pero otras veces gano.
El sábado gané yo y no perdió nadie, porque Miriam demostró que no lo hacemos tan mal, no boxear, ejemplarizar.
Lo que yo viví en esa esquina esa noche londinense es muy difícil de explicar. Plasmar sentimientos en palabras se me complica demasiado, pero nadie dijo que esto, el boxeo, fuera fácil.
Desde el calentamiento en el vestuario, esa tensa espera previa a la batalla, yo miraba a mi púgil lleno de orgullo. Allí estaba ella, veinte años después de plantarse en la puerta de chapa de mi gimnasio en un garaje y decirme:
—Jero, te debo una explicación.
—Por supuesto que me la debes.
Aseguré yo.
No perdamos de vista la secuencia: Miriam estaba frente a mí con un bebé en brazos.
Yo no sabía que esa explicación cambiaría mi vida para siempre. Empezó el relato de su camino tortuoso en esa corrala de Vallecas, donde fue maltratada por su pareja el último año que entrenó conmigo. Allí donde todo coronó con una paliza en medio del salón con ocho meses de embarazo. Hospitalizada de urgencias, estuvo a punto de perder a la niña. Me contaba que de allí nació el odio a volver con el tipejo que decía ser su pareja.
—¿Y qué quieres hacer ahora?
Pregunté compungido después de escuchar atentamente las palabras de Miriam.
—Yo quiero boxear.
Contestó ella.
—¿Y por qué no lo haces?
—No tengo dónde dejar a la peque.
Miriam no tenía a nadie; a partir de ese día no sería así, nos tendría a nosotros.
Yo cogí a la niña en brazos, le di a la púgil unas vendas y una comba. Se vendó las manos y empezó a saltar; esta tipa lleva veinte años saltando, se convirtió en campeona de España, en campeona de Europa y estaba a breves instantes de hacer el combate más importante de la historia del boxeo español.
Todo eso se me pasaba por la cabeza en ese vestuario del Wembley Arena.
Durante la pelea se venían imágenes de la vida de mi boxeadora, como si fuera una pantalla donde transcurría un documental.
El combate fue exactamente como su ardua existencia: sin tapujos, poniendo los ovarios por bandera.
Empezar fuerte, comiéndote al rival, tirando duro; pero tener a la mejor boxeadora del mundo libra por libra nos puso rápidamente en nuestro lugar. Katie empezó a moverse y a utilizar su velocidad como principal baza. Se nos acabó el ímpetu pronto, no puedes pegar a nadie si no está, y la irlandesa no estaba: queríamos pegarla y volaba. Pelear contra fantasmas, como Miriam hizo todos sus días.
En un determinado momento la rival se cansa y baja el pistón, Miriam se viene arriba y desarrolla su mejor asalto, el cuarto. A punto de terminar este, y para no faltar a la norma de no hacerme caso casi nunca, le tira un directo de izquierda.
Tenía prohibido tirar un recto de izquierda a Taylor; siempre lo contraatacaba de forma implacable, y así pasó: contraatacó y nos mandó a la lona quedando pocos segundos.
Cuando mejor estábamos boxeando nos llevamos el mayor varapalo, igualito que su vida: cualquier sonrisa te la quitan de un bofetón.
El transcurso del pleito fue un monólogo de Katie, pero Miriam no perdió la cara; al contrario, la ponía para que viniera a la guerra.
—Ven, ven, vamos a pelear.
Le gritaba Miriam a Taylor a ver si entraba en la trampa, pero no entró.
Esta mujer no se rinde nunca, por más golpes que se lleve en el ring o en la vida. Se cae pero se levanta, y no se levanta para estar en pie, se levanta para seguir peleando.
Se puede ganar y se puede perder, pero nunca darnos por vencidos. Si la mejor forma de influir es el ejemplo, ese día influimos en mucha gente.
Katie ganó, pero Miriam “La Reina” Gutiérrez reinó.