09/09/2025
En un hospital público el tiempo no pasa: se escurre como agua espesa.
Las paredes, blanquecinas y cansadas, huelen a lejía. Nadie mira el móvil; todos esperan con las manos en el regazo, atentos a lo que no ocurre.
—¿Siguiente? —pregunta la enfermera, mono naranja y papel en mano como una citación judicial.
—¿Tienes ganas de orinar?
—Bueno…
—Es que necesitamos ver bien.
Así arranca una ecografía. La dignidad se va despojando en silencio.
La sala es un retrato. Ella, en silla de ruedas, la bata abierta por detrás, mira al suelo con una paciencia antigua. Él, con bigote y barriga, abanica con la terquedad de quién cree que el movimiento puede comprar minutos. El abanico hace ruido. No adelanta números.
Me tumban en la camilla. Gel frío. Pantalla en marcha. El técnico sonríe con calma y recuerdo a Siddhartha: “Contemplé mi vida y la vi como un río. No se detiene, aunque no lo veas ni quieras. Lo único que podemos hacer es observarlo y aprender de él.”
La verdadera esencia humana no pide épica: pide aguantar la silla dura, la bata abierta y el abanico que nunca adelanta turnos.
Quizás por eso, si alguna vez tu mente se llena de quejas o te descubres señalando al otro, detente y observa. Ve a un lugar tranquilo, incluso una sala de espera, y contempla lo que surge en ti. No es fácil que las experiencias nos enseñen a vivir el presente, en lugar de reaccionar desde recuerdos o expectativas. Con un poco de esfuerzo, uno puede terminar apreciando hasta estar en un atasco, quién sabe por qué.