10/04/2026
Me apunté en Brooklyn en julio de 2022, sin vacaciones en Madrid, y lo hice sin demasiada convicción.
La verdad es que ni siquiera lo buscaba: Encontré un panfleto en el parabrisas de un coche con una oferta y pensé “bueno… por probar”.
El primer día fue una auténtica locura. Me perdía en cada combinación, no entendía nada, y me parecía increíble que el resto de la clase siguiera el ritmo como si aquello fuera lo más natural del mundo. Yo solo intentaba no descoordinarme demasiado y sobrevivir a la música que iba a toda velocidad. Pero, contra todo pronóstico, me enganchó.
Había algo en esa mezcla de música, deporte y liberación de estrés que me atrapó desde el minuto uno. Esa sensación de soltarlo todo a golpes —literalmente— me hizo volver. Y volver. Y volver.
Desde entonces no falto a mis citas semanales de entrenamiento. Son mi espacio, mi desconexión, mi terapia y mi chute de energía. Allí libero tensiones, me río, me supero y me siento parte de algo más grande.
Porque con el tiempo, ese grupo de desconocidos se convirtió en mi fitfamily. Cada uno de ellos forma parte de mi vida, de mis rutinas y de mis semanas. Compartimos sudor, música, risas, frustraciones y pequeñas victorias. Y eso une más de lo que parece.
Hoy recomiendo el fitboxing a todas las personas de mi alrededor. No porque sea un deporte de moda, sino porque es una de esas experiencias que hay que probar al menos una vez en la vida. A mí me cambió la forma de entrenar… y un poquito también la forma de vivir.