04/05/2021
Cuento Oriental:
“El CENTINELA de la GRAN MURALLA y los INNUMERABLES ENEMIGOS INVISIBLES”
Un joven centinela se encontraba a más de 1500 metros del nivel del mar, en una de las crestas del llamado, simbólicamente, “El Gran Dragón de China”, en uno de los 25.000 torreones de la Gran Muralla. Estaba solo, en silencio, bajo una noche de luna llena rodeada de las infinitas y luminosas estrellas de la Vía Láctea.
En esos instantes, recordaba y traía a su corazón las enseñanzas de su Maestra tibetana: ”Todo lo que medites e intuyas en esta vida tendrá su Eco en la Eternidad”. También le enseñó una danza mágica: “El Dragón que abre y cierra las alas entre las nubes” y, en ese instante con bella suavidad y ceremonial elegancia realizó sus 8 movimientos, en las 8 direcciones. Desde niño fue adiestrado para obtener una atención perfecta, un equilibrio perfecto y una habilidad perfecta. Su Chi hizo retumbar el aire y su energía entró en resonancia, produciendo una música insonora. Su mente, su corazón y el cuerpo brillaban con intensidad. Después, se dirigió hacia la novena dirección, se sentó en el centro de la torre y colocó en el suelo tres objetos que consideraba sagrados y mágicos: un puñado de cal mezclado con harina de arroz y tierra (el mortero utilizado por los maestros canteros para unir los ladrillos azules). Después, extendió dos cartas con la bella caligrafía y poesía que había recibido del amor de su madre y, por último, dispuso su brillante escudo como un espejo hacia el cielo. Los formó triangularmente y puso una varilla encendida de incienso observando la luz incandescente y el humo gris con los párpados semi entornados. A continuación, se concentró poderosamente para realizar una meditación mágica. Empleó al máximo su atención, su concentración, su conciencia y su imaginación creadora. Su Maestra le enseñó que se puede obtener una tercera visión de la Realidad si somos capaces de alinear, equilibrar y armonizar todas nuestras fuerzas internas y externas.
Se enfrentaba a un gran Misterio: jamás en la historia de China y del mundo había ocurrido nada parecido y de tales dimensiones. Al exterior de la muralla se encontraban sus temibles enemigos, los Xiongnu, los pueblos invasores del norte, siempre al acecho y esperando la menor oportunidad para atacar, sin embargo estaban enfermos. En el centro de la muralla el 90 % de su ejército estaban diezmados y enfermos. En el otro extremo de la muralla, los artesanos, campesinos y las familias de los poblados de la ladera interna estaban enfermos. Las comarcas y los reinos colindantes estaban enfermos. La ciudad prohibida, todos los funcionarios e, incluso, el mismo emperador estaban enfermos. Además, habían llegado noticias de que, hasta los coreanos, los japoneses y los pueblos más allá de los mares y de otros continentes estaban enfermos… La desolación era absoluta, el mundo se estaba asfixiando…
El vigilante sabía que lo primero que tenía que hacer era descubrirse por dentro a sí mismo, a sus propios enemigos internos, a su propia personalidad, su orgullo, su miedo y su ignorancia. Todo esto estaba dentro de su mente y de su corazón.
En segundo lugar, debía conectarse con la inmensa fuerza de unión y cohesión de la Gran Muralla sobre la cual estaba sentado. Entonces, sintió que el Chi de las membranas de sus células es el mismo que genera la fuerza geométrica triangular con la que está construida la Gran Muralla, enraizada a la Tierra, a las montañas y a toda la Naturaleza. Entonces, a la velocidad de la imaginación, recorrió toda su extensión y pudo percibir los pensamientos, el orgullo, el deseo, la codicia y la ignorancia de sus poderosos enemigos. Con la velocidad de la imaginación, observó lo mismo en sus propias filas, a sus propios conciudadanos y en otros habitantes. Aun así, no logró ver con claridad la causa de la enfermedad…
Con la velocidad de la imaginación ascendió y ascendió al cielo. Y, en el cielo, entre las estrellas, distinguió algo en la oscuridad. Sí, entre el espacio vacío de una estrella y la contigua, ahí, en el vacío, había algo. En el frío y en la oscuridad, descubrió algo infinitesimal, algo que flotaba en el aire, una forma de vida invasora que necesita a la unidad más pequeña de vida para poder vivir: un virus coronado de espinas que, después de un estado de letargo o encapsulamiento, se había despertado y se estaba reproduciendo exponencialmente invadiendo los hálitos vitales de la inmensa mayoría de los seres humanos. Y observó que esta microscópica forma de vida abre las puertas furtivamente de las células y, como un silencioso ladrón, se mete dentro, anula el sistema inmune defensivo del organismo, bloquea los pulmones y debilita el sistema de renovación de la energía Chi que nos mantiene con vida. Entonces, percibió que con un Chi poderoso y con un sistema inmune fuerte sólo se puede contener individualmente, pero, no se puede vencer colectivamente. Esta forma de vida vírica y venenosa ha estado en nuestro planeta desde que se formó la Tierra. Se ha despertado y se ha dormido, a lo largo de las Humanidades, varias veces y en diferentes ocasiones y proporciones, pero, como esta, al parecer, no ha tenido precedentes. Los rayos del Sol la pueden despertar y los Rayos del Sol la pueden dormir, pero depende de un factor esencial: la pureza del aire y de los propios seres humanos. Si el aire se enrarece, se envenena y se contamina, todos esos infinitos y poderosos rayos del Sol van a volver a despertar el virus. Pero, si el aire, los pensamientos, los sentimientos y las acciones de todos los seres humanos se purifican, entonces, los pulmones de la Tierra, sus diferentes capas atmosféricas, pueden respirar y esas capas defensoras a modo de transparentes murallas permeables pueden dejar pasar lo positivo y transmitir la energía luminosa del Sol. Y es, entonces, cuando el virus se queda dormido y los arco iris de todos los cielos, forman puentes y vuelven a brillar con renovado fulgor, cumpliéndose el viejo sueño sanador del primer emperador: “Todo bajo el cielo y todo sobre la Tierra en suprema armonía”
En ese momento, el vigilante abrió los ojos y vio a su General y a su Maestra, experta en Medicina Tradicional tibetana y china, esperándole. Los tres se saludaron y sonrieron. Efectivamente, has confirmado nuestras dudas: en esencia vuelve a ser el mismo problema.
El general, con su Águila real mensajera sobre su hombro, colocó cuidadosamente en sus patas la receta de la Maestra con su firma, su caligrafía y su sello personal. En ese pequeño pergamino estaba descrito un remedio sanador fácil y muy asequible. Ese mensaje llegaría directamente al emperador y a todo su séquito de médicos de la Ciudad Prohibida. Sabían que el emperador era un hombre bueno y muy sabio y que estaba rodeado de un séquito de nobles consejeros, filósofos, médicos, científicos, políticos, juristas, artistas, místicos, astrólogos y maestros de todos los gremios y oficios. Todos ellos, junto a la amable oratoria de los venerables diplomáticos transmitirían esta fórmula mágica a todos los países.
El General, la Maestra tibetana y el joven centinela se abrazaron y se arrodillaron. Su Chi brilló tanto que, como una gran esfera con alas, abrazó a todos los soldados y artesanos de la Gran Muralla, a todos los enemigos externos y a todas las aldeas, comarcas y regiones colindantes. Su energía Chi ascendió y ascendió, abrazando a todos los virus que flotan en la oscuridad del aire, a todas las estrellas y a la Luna, consiguiendo conmover al propio Sol, que envió a su mensajera, la aurora boreal de color verde esmeralda, con una nueva Esperanza Sanadora.
Un ciclo se había cumplido y la Ley del Destino Inexorable fue registrada en los anales dorados del mundo: una página, una experiencia y una verdadera prueba para toda la Humanidad.
El fin de un momento no es más que el comienzo de otro, depende de todos y cada uno de nosotros…un eterno camino comienza con un simple paso… Todo Cambia, todo Muta hacia la Perfección, hacia una búsqueda constante de la mejor solución...
Buen Tao, buen Camino… Porque en tiempos de paz y de salud la Gran Muralla se convirtió en una Gran Vía de Unión, Protección y de sana Comunicación entre los diferentes pueblos, culturas y civilizaciones. Y la Gran Muralla, el Dragón de China también se unió en amistosa concordia con el Ave Fénix, "La que siempre renace", y se convirtió en la Gran Ruta de la Seda, y de las Especias, y de los libros, y de la Cultura y del Arte, y la Ciencia, y de la Mística, una Vía de comunicación que permite la Concordia, la Fraternidad, y la Convivencia. De este modo Extremo Oriente, Medio Oriente, Occidente, Occidente medio, extremo Occidente, el Hemisferio norte y el Hemisferio Sur fueron posibles la comunicación y por la tanto la hermandad y la prosperidad con todos los pueblos. Por lo tanto todo el esfuerzo de los arquitectos, soldados, campesinos, artesanos, comerciantes, familias y todos los componentes de todas las clases sociales hasta el mismo emperador y la emperatriz mereció la pena y cumplió su Destino. Y todas las constelaciones del Camino Zodiacial de Nuestro Sistema Solar brillaron con Infinita Alegría, Serenidad y Gran Sonrisa Interior.
¡Un cordial saludo!
Centro Da Moo