06/11/2021
Comencé la semana repleto de dudas e inseguridades. Había sido un fin de semana de "excesos" comparado con la vida más de monje que llevo a diario. ¿Por qué este contraste tan grande? ¿De dónde proviene este sentimiento de culpa?
Decidí entonces descansar, ir soltando poco a poco, hasta dar repentinamente con la pregunta, ese quid de la cuestión. Mi palanca.
Durante estos días, cuerpo y mente agradecieron que aflojara el ritmo: no tantos madrugones, no tanto gimnasio, no tantas metas, no tanto. Estaba en modo ahorro de energía; durmiendo en cantidad y calidad, comiendo sano y paseando con una suavidad extrema. Y, como las ganas siempre vuelven, volví. Aunque volvi mejor, diferente.
Repasé lo logrado en 2020 y 2021 y, honestamente, quedé asombrado. Di gracias a Dios por la hazaña, por mi familia y amigos, por el gozo de ser. Ya lo hacía cada mañana, pero pude volver a hacerlo. Y, sobre estos mismos cimientos, sobre mi más sincera gratitud, me pregunté a mi mismo: "¿Cómo estoy viviendo cada día?"
En seguida lo entendí. Aquellos grandes objetivos que me había puesto me cegaban y tapaban al propio proceso de alcanzarlos. Yo he sido y soy un enamorado del proceso de llegar a ser, pero a veces olvidas tus propios fundamentos y no haces lo que profesas. Así surgen las incongruencias de uno mismo, y están bien, son inevitables y necesarias para crecer.
Así que le quite mucho hierro a esos gigantescos resultados del futuro y me sumergí de lleno en ese cómo. Cómo estaba haciendo las cosas que hago a diario para ser la persona que quiero ser. Eso me llevo a repasar mi lista de hábitos, esas aparentemente pequeñas acciones que realizamos a diario y que son las máximas responsables de que lleguemos a ser aquello que queremos. Me fijé con cuidado si estaban mis hábitos alineados con la persona que quiero ser, cuales añadir y cuales seguir manteniendo en el tiempo.
Y, ¿sabes qué? Quedé fascinado, y volví a enamorarme de mi propio proceso.
Carlos M.G.