23/06/2026
Llevo tiempo observando cómo está cambiando el BJJ y cada día llego más a la misma conclusión: estamos convirtiendo este arte marcial en un circo.
Lo que durante décadas fue una disciplina basada en el respeto, la jerarquía, la constancia, el sacrificio y el aprendizaje continuo, poco a poco se está transformando en algo que muchas veces ni siquiera representa los valores que hicieron grande al Jiu-Jitsu Brasileño.
Hoy vemos cinturones azules corrigiendo y dando lecciones a cinturones marrones y negros, cinturones blancos cuestionando constantemente las enseñanzas y decisiones de sus profesores sin haber recorrido aún el camino necesario para entenderlas. Se están imponiendo ideologías y formas de pensar que nada tienen que ver con la esencia de este arte marcial.
Las clases, en demasiados lugares, han dejado de construirse sobre fundamentos sólidos para convertirse en una sucesión de técnicas vacías, auténticas coreografías sacadas de YouTube, sin contexto, sin conceptos y sin comprensión real del combate.
También estamos viendo cómo el ego gana terreno al respeto. Alumnos que entrenan solo para destacar, para grabarse o para demostrar algo, olvidando que el tatami debería ser un lugar de humildad y crecimiento. Profesores que ya no solo enseñan, sino que tienen que medir cada palabra y cada decisión para no herir sensibilidades de una generación que muchas veces confunde exigencia con falta de respeto.
Y quizás una de las cosas que más tristeza me produce: alumnos que alcanzan el cinturón negro y desaparecen. Como si ese cinturón fuese el final del camino y no el verdadero comienzo del aprendizaje profundo. El cinturón negro nunca significó “ya lo sé todo”; siempre significó “ahora empieza el verdadero estudio”.
El BJJ no necesita más espectáculo, necesita más esencia. Más respeto por quien enseña. Más paciencia para aprender. Más disciplina. Más tradición. Más alumnos que quieran entender antes que opinar.
Porque el Jiu-Jitsu no es solo un deporte. Es un arte marcial con una belleza, una profundidad y una letalidad impresionantes que merece ser preservado con dignidad y no adaptado a cada moda del momento.
Y aunque el mundo cambie, hay valores que jamás deberían perderse dentro de un tatami.