22/08/2016
Bravo Señor Rubén Uría!
"Mireia, Marín o Carmona son flores en un desierto. Flores que se pudrirán si nadie las riega todos los días, porque no habrá más Belmontes ni Marines si nadie cuida y protege su especie..."
Los éxitos del deporte español son producto de esfuerzos individuales de atletas únicos. El mejor ejemplo, Don Rafael Nadal Parera. Hay más, pero son la resultante de un gen competitivo que no responde a una estructura colectiva, sino a un genio singular. Carolina Marín es una bendita pionera cuya aparición es más milagrosa que lógica, Mireia es otra bendición del cielo en un país sin piscinas olímpicas, Carmona es un prodigio que nace de la más absoluta nada en un país que trata a los aficionados al boxeo como a proscritos y Maialen Chorraut, un ejemplo de constancia, no es ni siquiera una estrella en un país que desconoce qué es un remonte. España no puede ser una potencia mundial porque después del sueño de Barcelona ’92, la inversión decayó, las empresas se fueron, el estado se paralizó y los deportistas sufrieron en soledad. Aquí no existe la estructura de Francia, Gran Bretaña o Alemania. Entre otras cosas, porque en nuestro país no hay cultura deportiva, ni una hoja de ruta seria, educativa o pedagógica, sobre la que asentar las bases de una estructura firme. Hay grandes deportistas, sí. Pero son producto de un meritorio esfuerzo y de un milagro. Mireia, Marín o Carmona son flores en un desierto. Flores que se pudrirán si nadie las riega todos los días, porque no habrá más Belmontes ni Marines si nadie cuida y protege su especie. En estos JJOO de Río, el deporte colectivo español, con las excepciones milagrosas antes mencionadas, se ha topado con una realidad lapidaria: Menos dinero, menos medallas.
El escenario no invita al optimismo. Un estado nefelibato que presume de medallas pero no potencia el deporte base, unas empresas inmovilistas que solo se arriman al fútbol, un periodismo que exige medallas sin tener formación ni interés por el deporte del que habla, una afición que exige metales porque le han generado expectativas falsas, y unos atletas que se sienten marginados porque cuentan con pocos apoyos y con unos ingresos que están lejos de la decencia y a años luz de lo que cobran los futbolistas. España es un país de extendida cultura futbolística. Cualquier deporte nada contra corriente frente a ese mastodonte. Pretender que los Juegos Olímpicos consistan en una lluvia de metales cada cuatro años es un pecado de soberbia, un ejercicio de estulticia y analfabetismo deportivo. No se puede exigir a los atletas a los que el periodismo, las empresas y hasta el estado ignoran durante cuatro largos años que, durante quince días, representen con éxito y medallas al país que no les presta ayuda. Ganar es lo extraordinario, perder es lo normal. Competir y dar todo, es la esencia del deporte. El espíritu olímpico. El auténtico. El que hemos perdido en nuestro país, porque enloquecemos con las marcas y registros de deportes que ignoramos y desatendemos, en aras de la fiebre veraniega de la medallitis. Solución: más cultura deportiva, más formación, más atención del periodismo y más inversión.
Un campeón no es como una sopa instantánea. Requiere formación, educación deportiva, esfuerzo y superación personal. Intenten correr quince kilómetros después de llevar veinte años fumando. Den todo lo que tienen dentro y aguanten hasta explorar sus propios límites, arrastrándose hasta llegar a meta. Y después, escuchen los reproches de los amigos, que llevan toda la vida yendo al gimnasio y llevando una dieta saludable, acusándole de haber llegado el último. En eso hemos convertido el deporte español.
Rubén Uría / Eurosport