27/08/2026
La respiración es uno de los lugares a los que más vuelvo.
En mi propia experiencia, aprender a notarla me ayuda a reconocer mi estado interno, a veces antes incluso de poder ponerle palabras.
Y en el centro de ese movimiento está el diafragma, nuestro principal músculo respiratorio.
El diafragma también responde a cómo estamos. Ante el estrés, la ansiedad o la hipervigilancia, la respiración puede hacerse más corta, más alta o perder movilidad. Podemos contener el aire, tensar el abdomen o limitar el movimiento de las costillas casi sin darnos cuenta.
Yo puedo notar cuándo estoy sosteniendo, cuándo apenas dejo espacio, cuándo aparece un suspiro… y cómo mi respiración cambia cuando empiezo a sentirme segura y algo puede soltar.
Pero para mí hay algo esencial: esta relación funciona en las dos direcciones.
Nuestro estado interno influye en nuestra respiración y nuestra manera de respirar también puede influir en nuestro estado.
A veces sentir apoyo, contacto, movimiento o seguridad permite que la respiración encuentre más espacio.
Otras veces es la propia respiración —notarla, sentir el movimiento del diafragma y las costillas o permitir una exhalación algo más larga— la que puede acompañarnos hacia una mayor sensación de seguridad.
Esto es parte de lo que exploro en mi práctica y comparto cuando facilito.
No para obligar al cuerpo a relajarse, sino para crear las condiciones para que pueda sentirse un lugar más seguro para habitar.
Porque cuando no necesita permanecer en alerta, el cuerpo tiene capacidad para regularse y volver hacia la calma.
Para mí, de eso también trata la práctica somática: menos imponer y más notar, explorar y ofrecer posibilidades.
.