04/11/2025
Empecé a navegar a vela con 8 años y no he parado, por el momento. Sin saberlo, cree un vínculo con el mar, que me arraigó a él y que ha resultado indestructible. El otro día, actualizando mi currículum, me di cuenta de la variedad de trabajos que he llegado a desarrollar navegando, la cantidad y variedad de barcos en los que he embarcado.
Alguien que navega a vela, tiene esa conexión de respeto y amor por la Naturaleza. Es fácil que una niña se enganche a cualquier actividad que le haga estar en contacto este planeta vivo. De ahí, nacía una aversión casi intuitiva hacia todo aquello que pudira dañar la Naturaleza. La incoherente lucha contra todo lo que a priori, nos facilita la vida, aunque en el fondo, nos la esté complicando. Desde la cocina gas hasta la luz de la mesita de noche. El mundo sobre el mundo que según Heidegger, construye el humano. Construimos nuestro propio hábitat y para ello, destruimos el del resto.
Pero las vueltas que da la vida, me encuentro a bordo de un lista 5a, trabajando en puertos industriales y no sin cierto pudor me admito que me gustan. Adoro estar en el mar, de la forma que sea. Siempre que sea a salvo, claro.
Hoy, por primera vez he navegado en paralelo con un buzo unido al barco por el cordón umbilical (el tubo que le da aire). Obviamente, esto se hace en equipo, debido al peligro que entraña. Me ha resultado más fàcil de lo que pensaba, pero cuando me han comunicado lo que íbamos a hacer, creedme que me he sentido como si ganara un Oscar. ¿Por qué? Porque la tripulación al completo confía en mi como patrona y ese premio, requiere habilidad y esfuerzo.