11/06/2025
Karate, nunca es tarde.
El libre albedrío de la edad.
“Cuando descubrí que tenía libre albedrío, empecé a hacer Karate.”
No fue una decisión heroica. Ni un impulso repentino. Fue más bien una conversación silenciosa conmigo mismo, una tarde cualquiera, de esas en las que el tiempo parece detenerse y uno se queda mirando por la ventana sin saber muy bien qué está buscando.
Y ahí estaba, ese viejo deseo. No era una ambición. Era algo más tierno, más hondo. Un anhelo callado que había estado ahí desde que era niño, cuando veía películas de artes marciales en la televisión y soñaba con hacer lo mismo. Nunca lo hice. Por falta de tiempo, por miedo, por vergüenza… o por eso que uno aprende de adulto: que lo que uno quiere, muchas veces se guarda en un cajón y se deja para después.
Pero el después se fue haciendo demasiado largo. Llegué a una edad en la que uno empieza a mirar hacia atrás y a preguntarse: ¿y todo lo que no hice? ¿a dónde fue?
Ese día decidí, por primera vez en mucho tiempo, hacer algo simplemente porque sí. Porque lo deseaba. Porque no quería morirme con eso pendiente. Me calcé unos pantalones cómodos, respiré hondo, y fui a buscar un dojo.
No fue fácil. Me sentía fuera de lugar, torpe, con el cuerpo duro y lleno de dudas. Pero cuando entré y escuché el primer saludo, algo se aflojó por dentro. No me miraron raro. No me preguntaron mi edad. Me dijeron: “bienvenido”… y me sentí parte de algo. No como un principiante viejo, sino como alguien que, al fin, estaba en el sitio correcto.
Y así empecé. Con dolor en las piernas, sí. Con el orgullo un poco golpeado a veces. Pero también con una alegría que no había sentido en años. Porque cada movimiento, aunque torpe, tenía sentido. Porque el Karate, lo fui entendiendo poco a poco, no es para los que quieren pelear, sino para los que no quieren rendirse.
Conocí gente mayor que yo, con más canas y menos fuerza, pero con una luz en la mirada que sólo tienen los que han elegido algo de verdad. Algunos llevan entrenando más de treinta años. Otros empezaron tarde como yo, pero con el mismo fuego. No importa cuándo se empieza. Lo que importa es no seguir postergando lo que uno ama.
Ahora entreno tres veces por semana. A veces cuatro. A veces sólo una, porque el cuerpo no siempre acompaña. Pero estoy ahí. Y cada vez que ato mi cinturón, aunque sea blanco, me digo en silencio: esto también soy yo. Un hombre que un día decidió dejar de esperar permiso para vivir lo que siempre quiso.
Y si alguien me pregunta por qué lo hice ahora, después de tantos años, les digo la verdad:
Porque por fin entendí que nunca es tarde para empezar a escucharse.
Y porque el Karate no me hace más fuerte, me hace más humano.