26/02/2026
El precio de la impostura (y el valor de la respuesta)
Se levanta uno cada mañana para dar la batalla en esta trinchera de hierro, sudor y suelo de tarima que es el negocio propio. Lo hago desde 2012, que se dice pronto. Son catorce años de aguantar el tipo, de ver pasar modas, de estudiar lo que otros ni deletrean y de cargar con una responsabilidad que a muchos les parecería un fardo insoportable. Y lo hago, fíjense ustedes, por la irrisoria cifra de veinticinco euros al mes en la gran mayoría de casos.
Ese es el precio que algunos pagan por entrar en mi casa. Veinticinco pavos. Menos de lo que me pagaban en 2013 (todos y todas pagaban 35€), cuando el mundo era otro y la decencia profesional aún cotizaba al alza. Pero lo peor no es el dinero, que va y viene como las agujetas de enero. Lo peor es la convicción, cada vez más extendida entre el personal, de que esos veinticinco euros les dan derecho no solo a usar las máquinas, sino a exprimir mi cerebro, mi título de Licenciado y mi paciencia como si fuera un buffet libre de conocimiento barato.
Aparece el tipo de turno y, mientras se ajusta la faja, suelta la carga: "Fran, tengo dos hernias lumbares y una escoliosis como la carretera de Valdepeñas. ¿Qué hago?". Así, a quemarropa. Como quien pregunta la hora en la calle. No busca un consejo, busca una consulta de traumatología de urgencia envuelta en papel de regalo. Ignora, o quiere ignorar, que si fuera a un médico especialista privado para que le interpretase esas mismas hernias, la broma no bajaría de los 150 euros por sentarse en la silla. Pero aquí, como hay pesas, la respuesta debe de ser gratis.
O el que llega con la rodilla hecha un cristo, "hecha mi**da" en sus propias palabras, exigiendo una rutina milagrosa para jugar la liga de pádel el mes que viene. Se creen que mi formación es un algoritmo gratuito. Si ese mismo individuo fuera a un arquitecto técnico para preguntarle si puede tirar un tabique en su casa (una duda de cinco minutos sobre seguridad estructural), el profesional le cobraría 120 euros por la consulta de viabilidad. Pero a mí me pide que le asegure la estructura de su propia rodilla por el precio de una ración de calamares.
Luego están los del asesoramiento de barra de bar. "¿Qué puedo tomar para tener más energía?", o "¿Qué debería tomar cuando salgo a correr tiradas largas?". Te lo piden con esa sonrisa de "total, a ti no te cuesta nada". Un nutricionista deportivo les cobraría 60 euros por diseñar esa estrategia de suplementación. Un asesor fiscal les cobraría 80 euros por una sola consulta técnica sobre sus impuestos. Pero aquí, en el gimnasio, el conocimiento de un Licenciado en Ciencias del Deporte parece que viene de serie con el aire acondicionado.
Incluso hay quien llega con el colmo del cinismo: "¿Me puedes explicar los ejercicios que me ha puesto un entrenador que he pagado por internet?". Tócate las narices. Le pagan el oro y el moro a un fulano que vende humo en Instagram, pero vienen a que el profesional de carne y hueso, el que está allí doblando el lomo, les haga el servicio post-venta gratis. Si fueran a un abogado a pedirle que les explique un contrato que ha redactado otro, el letrado les soltaría una minuta de 100 euros antes de que terminaran la frase. Pero a Fran, al del gimnasio, se le puede pedir que trabaje gratis para la competencia.
Y no falta el que quiere motivación personalizada porque "le falta voluntad", o el que trae a su hijo con necesidades especiales diciendo que "es bastante autónomo, pero que estés pendiente de él, ¿tú puedes, verdad?". Como si la atención terapéutica y la educación física adaptada (esa que un pedagogo o un psicólogo cobran a 70 euros la hora) fuera algo que se hace de pasada, mientras vigilas que nadie se deje caer una mancuerna en el pie.
La gente ha perdido el norte. Si se te estropea el coche y llamas a un mecánico para que te diagnostique la avería por teléfono, te dirá que lleves el coche y pagues la hora de mano de obra. Si tienes una duda legal sobre un permiso de extranjería o una herencia, el gestor te cobrará 50 euros por la consulta administrativa. En este mundo, señores, cobrar por lo que uno sabe (por la RESPUESTA) es la norma. Salvo que seas el dueño de un gimnasio. Entonces, parece que estás obligado a ser médico, psicólogo, nutricionista y niñera, todo incluido en una moneda de un euro al día.
Servidor es un profesional, no un confesor ni un médico de guardia de beneficencia. Mi negocio sobrevive desde 2012 por pundonor y porque amo mi oficio, pero conviene recordar que el respeto al profesional empieza por entender qué es lo que se está pagando. Veinticinco euros dan derecho a usar las pesas y las poleas. El conocimiento, la seguridad de tu espalda y la experiencia de un hombre que sabe de lo que habla, eso es harina de otro costal. Y si quieren que les resuelva la vida, empiecen por valorar que mi palabra vale bastante más que la cuota que pagan.
Hay cuerdas que ya no se pueden tensar más, por más que uno quiera. Y aún así, no lo veis...