19/04/2026
Ahora que se lleva tanto el "coaching", aquí os dejo, para reflexión dominical, a un viejo amigo: Kenko Yoshida, quien escribió en el siglo XIV su célebre "Tsurezuregusa" o Ensayos de la Ociosidad:
"Qué locura es dejarse llevar por el deseo de fama y por el interés y pasar la vida sin tener paz y descanso. Cuanto más tengamos, tanto más descuidaremos la vida. La abundancia tiende a atraer sobre sí desastres y calamidades. Aunque dejemos, al morir, una enorme cantidad de oro, con esto sólo causaremos molestias y disgustos a nuestros herederos.
Los placeres que alegran a los mentecatos son insípidos. A los ojos de las personas juiciosas, los carruajes espaciosos, los caballos rollizos y los adornos de oro y plata son todos cosas vanas. Aquel que se deje llevar por los intereses humanos es un fatuo de primera clase.
El querer dejar detrás de si una reputación que dure por los siglos es algo que, ciertamente, todos desean. Pero ¿acaso se puede decir que las personas que ocupan puestos destacados son personas excelentes?. Hay personas sin talento que tienen una posición elevada y viven en la abundancia, sólo porque nacieron en una familia ilustre, les ayudaron los tiempos o por los avatares de la vida. Pero también hay muchos sabios que prefieren una vida humilde y terminan sus días sin recibir las bendiciones de la fortuna. La avidez por cargos y puestos elevados es la segunda clase de locura.
Todos queremos dejar en este mundo fama de Ciencia y Virtud, pero, si lo consideramos bien, lo que vamos buscando es el placer de oír las alabanzas.
Sin embargo, los días de estancia en este mundo, tanto de los que nos alaban como de los que nos vituperan, son bien breves. Además, las críticas acompañan a la reputación y, después de mu***os, de poco nos servirá la fama. El que la desee sigue a los anteriores en locura [...]
El que ansíe la fama, el reconocimiento y el interés propios, solo recogerá engaño, deseos y sufrimientos. Todo es ilusorio. No vale la pena ni discutir ni desear nada"
El autor del Tsurezuregusa fue un personaje importante, alto funcionario en el palacio imperial japonés. Sin embargo, en algún momento, sin quedar bien claro por qué (tal vez se cansó de esa vida, tal vez alguna decepción, tal vez desavenencias políticas, o un poco de todo) se retiró de la vida pública, se convirtió en monje budista y vivió humildemente en una cabaña, escribiendo poesía y dejando, a su muerte, el manuscrito de ese libro.