23/06/2026
La mujer de la foto es Nataša Pirc Musar. Hoy es la presidenta de Eslovenia, uno de los tantos países que nacieron tras la sangrienta disolución de Yugoslavia. Hace poco se subió al atril de la Asamblea General de la ONU y, en lugar de leer el típico discurso diplomático lavado y aburrido que no dice nada, les cantó las cuarenta a todos los líderes del mundo en la cara.
No anduvo con rodeos. Miró a la platea de mandatarios y les soltó que si lo único que tienen para ofrecerle a la humanidad es terror, guerras, contaminación y desigualdad, entonces hay que dejar de caretearla: son todos cómplices de un crimen contra la civilización. Así de corta. Dijo que ya nadie ahí adentro puede hacerse el distraído ni mirar para el techo.
La mandataria eslovena exigió recuperar la dignidad humana y demostrar de una buena vez que la ONU sirve para algo más que para sacarse fotos chetas y firmar papeles que nadie cumple. Hay que bajarse del pony de la arrogancia y dejar de cerrar los ojos frente a las guerras de agresión. Y ahí fue donde metió el dedo en la llaga más profunda de la historia reciente.
Recordó que el mundo no tuvo los reflejos para frenar el Holocausto. Que tampoco movieron un dedo para parar el genocidio de Ruanda ni la masacre de Srebrenica. Por eso mismo, plantó la bandera: hay que detener el genocidio en Gaza ahora mismo. Repitió tres veces seguidas, casi masticando la bronca, que ya no queda ninguna excusa. Absolutamente ninguna. Cuando la política internacional se convierte en un desfile de hipocresía, que alguien se pare a decir la verdad sin anestesia te vuela la cabeza.