08/03/2016
Reflexiones sobre el aspecto mental del tenis
La típica clase de tenis
La queja más común de los deportistas desde tiempos inmemoriales es: “el problema no
es que no sepa qué hacer, el problema es que no hago lo que sé!”.
El tema del Juego Interior es, justamente, cómo desarrollar estas habilidades interiores
sin las cuales el alto rendimiento es imposible.
En cuanto a la enseñanza del tenis se refiere, frecuentemente, un exceso de instrucciones
verbales suele disminuir las probabilidades de que se produzca el tipo de corrección
deseada. De esta manera, debemos aprender lo que todos los buenos profesores y todos
los alumnos del tenis tienen que aprender: las imágenes son mejores que las palabras,
mostrar es mejor que contar, muchas indicaciones son peores que ninguna e intentar
esforzarse muchas veces produce resultados negativos.
Jugar al tenis desde fuera de la mente
Jugar inconscientemente no quiere decir que se esta jugando sin conciencia. Alguien
puede estar plenamente consciente pero no esta pensando, ni tampoco esta intentando
esforzarse demasiado. Sabe dónde quiere poner la pelota pero no se esfuerza en colocarla
allí. Este jugador parece inmerso en un flujo de energía que le proporciona más poder y
precisión. La racha continua hasta que el jugador se pone a pensar sobre ella e intenta
mantenerla. Apenas intenta ejercer el control, lo pierde.
¿Cómo puede uno estar conscientemente inconsciente?. La mente del jugador que esta
“inconsciente” se encuentra tan concentrada que se halla en “calma”. Su mente constituye
una unidad con la actividad del cuerpo y las funciones inconscientes o automáticas están
operando sin la interferencia de pensamientos. Cuando un jugador se encuentra en este
estado, no hay nada que interfiera con la plena expresión de su potencial para actuar,
aprender y disfrutar.
Desarrollar la capacidad para acercarse a éste estado es el objetivo del Juego Interior.
El dominio del arte de la “concentración sin esfuerzo” tiene un enorme valor para
cualquier cosa que uno quiera lograr.
Autor: Timothy Gallwey