06/08/2025
Cascada Caimán - Pedro Vicente Maldonado
El sábado pasado amaneció con un clima ideal para la aventura. Desde temprano, todo fluyó con sorprendente puntualidad: a las 5:45 a. m. se dio el primer punto de encuentro en la sede de El Sadday y, para las 6:35 a. m., ya habíamos recogido al resto del grupo en el Pomasqui Plaza. Sin retrasos ni carreras, el día comenzaba con buen pie. Éramos más de 40 personas, incluyendo a unos 10 Saddaistas y el resto, invitados listos para desconectarse de la ciudad y conectarse con el verde. El trayecto hasta Pedro Vicente Maldonado tomó cerca de tres horas, y al llegar nos envolvió ese calor húmedo tan característico del bosque tropical.
Ya en el lugar, nos recibieron dos guías locales que fueron nuestros compañeros de camino por senderos adornados de vegetación exuberante y cruzados también por el rio Caimán.
Mientras avanzábamos por el bosque húmedo, ellos nos compartían detalles sobre la flora y fauna del lugar. En un momento del trayecto intentamos hacer silencio, con la esperanza de que algún tucán, colibrí o incluso un perezoso se animara a dejarse ver, pero esta vez no hubo suerte con los animales más llamativos. Aun así, observamos varios nidos de abejas, e incluso abejas que no pican, que revoloteaban tranquilas entre los árboles. La vegetación lo compensaba todo: colores intensos, formas extrañas, hojas gigantes, helechos como sombrillas y un aire lleno de vida. En una de las paradas, el guía nos ofreció probar mamey silvestre —dulce y suave— y nos mostró las curiosas semillas del Pambil, un árbol del que también aprendimos con mucha atención.
La caminata hacia el árbol centenario duró poco más de una hora. Al llegar, lo rodeamos tomados de la mano para dimensionar su imponente tamaño: se estima que tiene entre 200 y 400 años, y de algún modo se sentía, como si aquel árbol nos mirara a todos con paciencia de siglos. Tras las fotos de rigor y la energía que solo dan los árboles antiguos, emprendimos el camino de regreso para tomar una ruta diferente que nos llevó a la cascada Caimán. La caminata hasta allí duró unos treinta minutos, en un terreno un poco lodoso y algo empinado, pero manejable. Nadie se cayó, nadie se quedó atrás. Todo el grupo avanzó con buen ritmo y mucha emoción.
La llegada a la cascada fue un regalo. No había nadie más, así que ese rincón de agua cristalina y salto refrescante fue solo para nosotros. La parte más profunda alcanzaba los cuatro metros, pero quienes no se sentían seguros para nadar usaron una cuerda que atravesaba el estanque para mantenerse a flote. El agua estaba templada, deliciosa, y fue el premio perfecto después del calor de la caminata. Algunos nadaron, otros simplemente se sentaron a observar o mojar los pies, y todos, sin excepción, sonreían.
Al regresar, ya en el punto de partida nos esperaba un almuerzo digno de toda excursión: seco de carne, seco de pollo o tilapia frita, según el gusto de cada quien. Y como broche final, unas pepas de cacao frescas, en su fruta, para saborear algo diferente. El regreso a Quito fue tranquilo, sin novedades ni contratiempos. Todos llegamos a casa a buena hora, cansados en el mejor sentido y con la sensación de haber vivido un día especial.
Cronista: María Alejandra Santana