29/09/2024
Reflexión para un domingo como hoy
Religión y política: qué tienen en común
A lo largo de la historia de la humanidad, la religión —cualquiera sea la confesión— y la política —cualquiera sea su ideología— han compartido una relación directa con el poder, ejercido a través de las emociones y el temor.
Ambas buscan nublar el razonamiento de individuos, grupos y hasta sociedades enteras, generando reacciones viscerales que desembocan en la división y el enfrentamiento entre los pueblos.
Este fenómeno, conocido como polarización, ha servido para mantener el poder, agrupando a las personas en bandos. Algo muy similar ocurre entre los aficionados, o mejor dicho, fanáticos del fútbol.
Desde las antiguas luchas y guerras de la humanidad, sentimientos como el triunfo y el honor caminan sobre escombros y ruinas, dejando una larga estela de muerte a su paso. Como habitantes de un planeta del cual no podemos escapar —y si lo hacemos, debemos regresar—, el hombre ha buscado enemigos entre las sombras de sus propias pasiones y frustraciones, las cuales se transforman en agonía y desesperación.
Es en este contexto donde la megalomanía hace su debut.
Si prestamos atención al megalómano —y los hay de todos los tamaños, desde el imperialista hasta el jefe de un clan o aquel que domina su hogar—, notamos que no se inclina por la persuasión mediante la razón, sino por la imposición a través del miedo, al cual ofrece a su vez una solución.
Si analizamos esta estrategia de poder basada en el miedo y la solución, veremos qué es exactamente lo que hacen quienes ocupan posiciones de poder, ya sea en el ámbito político o religioso.
El poder soberano, tal como lo concibe el ser humano, ha sido históricamente ejercido por monarcas y sus cortes, quienes lo imponen militarmente sobre sus pueblos o sobre otros pueblos mediante la conquista. En este contexto, la polarización —los partidismos— ha jugado un papel preponderante, controlando el fervor visceral de las masas populares.
El parlamento, surgido en las culturas griega y romana, aparentemente otorga a los pueblos el derecho de elegir a sus gobernantes. Sin embargo, aunque las discusiones se amplíen, el poder finalmente recae en manos de aquellos que logran imponerse sobre los demás, y sus conglomerados, divididos en partidos, terminan actuando de manera similar a las monarquías.
Con la religión sucede algo parecido. Aunque tiene matices propios, similares al ámbito político, en última instancia está bajo la tutela e interpretación humana, impuesta mediante el temor y la culpa. Este control se ejerce sobre la conciencia desde diversas confesiones, creando divisiones dentro de las comunidades.
A pesar de esto, tanto la religión —que significa la relación del hombre con Dios— como la política —una ciencia humana— son causas nobles y necesarias para la humanidad, dado que somos seres gregarios. Vivimos en sociedad. No obstante, tanto la política como la religión, cuando son envilecidas, pueden convertirse en instrumentos de opresión y humillación, en lugar de ser puentes que enaltezcan la vida y los valores fundamentales de los individuos y las comunidades.
No hay nada que envilezca más al ser humano que verse abocado al servilismo para mantener privilegios, o a implorar derechos a quienes se los niegan o se los conceden en migajas, rodeados de áulicos. Este sentimiento rastrero justifica cualquier acción para alcanzar el objetivo, sin importar la miseria que deje a su paso.
A lo largo de la historia, tanto la política como la religión han sido manipuladas y desfiguradas para servir a causas que las justifican, sin importar las consecuencias. En la actualidad, las sociedades parecen haber perdido por completo el sentido de la libertad, aunque se sientan libres.
En otras palabras, ya no hay grilletes que sujeten al individuo a los muros de la esclavitud ni oscuras prisiones; ahora la sujeción voluntaria a cadenas invisibles mantiene prisioneras las mentes, haciéndoles creer que las sombras proyectadas en el fondo de la caverna son la realidad y la libertad que buscan. Mientras tanto, la ansiedad y la desolación se calman con el anestésico del consumo, y la ideologización pervierte los valores fundamentales para la supervivencia.
No han caído las monarquías, no ha desaparecido la esclavitud ni el servilismo, porque son los que alimentan la megalomanía. Esta miseria se nutre de convertir a hombres y pueblos en miserables. Se alimenta del miedo y del fundamentalismo, capaz de transformar a las personas en depredadores.
La religión y la política fueron la mezcla que llevó al pueblo judío y al Imperio romano, encabezado por Pilato, a cometer el crimen contra el Hombre-Dios, quien proclamó que el amor es la única fuente de libertad para el hombre, esclavo de sus pasiones.
En resumen, tanto la religión como la política son inherentes a la vida humana, pero el peligro radica en su manipulación para oprimir y dividir. Mientras el miedo y el poder sean los motores que las impulsen, seguirán siendo herramientas de control y opresión.
Solo un retorno a sus principios más nobles, centrados en la razón, la verdad y el amor, permitirá que sirvan verdaderamente a la humanidad y promuevan la libertad y el bien común.
Alvaro de Jesús.
Escritor.