Entender la violencia en el fútbol, no es posible sin antes hacer un análisis de la situación social de un país como Colombia, en el que la violencia predomina como una de las formas de consecución de algún tipo de interés o meta. La historia de Colombia en todo su devenir ha estado intervenida por el uso de la violencia para lograr un fin. Habría que dar una mirada atrás y ver cómo incluso el pro
ceso de separación e independización tuvo que ser de manera violenta y después de él, las diferentes disputas entre sectores que creían como se debía configurar el nuevo territorio liberado. Para estar un poco más cercanos, a la razón de la violencia actual en el fútbol habría que hacer también un análisis de la violencia del país entre los años 50 y 90, con la aparición de nuevos ejércitos de guerra y el narcotráfico, este último vinculado más estrechamente. Con la aparición de los más grandes “capos” del narcotráfico, como Pablo Escobar, los Rodríguez Orejuela o Gacha, aparece el fútbol como uno de los ámbitos de dinamismo social más fuerte, sus inversiones en equipos e intervenciones en el campeonato hacen que el fútbol ya no se vea como el vistoso deporte universal que aglutina masas, sino como otro repertorio de violencia en el país, la unión de lo anterior, con la importación de las “barras bravas” Argentinas desencadena todo un fenómeno social que convierte los estadios de fútbol en la metáfora de un coliseo Romano y a las ciudades y barrios en rines de enfrentamientos por la imposición y el orgullo de un color. Decir que la violencia en el fútbol fue creada por el mismo es un desacierto en el que muchas veces han recaído algunas instituciones públicas, culpando a los hinchas de la creciente violencia en estadios, ciudades y barrios. Aunque en gran parte son actores que generan la violencia no son en su totalidad los culpables, el abandono, la estigmatización, la criminaliazación, la poca apertura de espacios de participación, la marginalidad, la pobreza, la falta de garantías para algunos bienes necesarios, son parte integrante de este agobio social que ha cobrado ya muchas vidas y unas que otras libertades. Sin embargo, y a pesar de que a veces el panorama pareciera no mejorar, con el acercamiento de algunas organizaciones con los grupos futboleros se han vislumbrado salidas posibles para este conflicto, la organización ya, de muchas barras que le apuntan a asumir un rol político, la declaración de la mayoría de sus líderes a una postura anti-agresión y pro.-construcción ponen un alto en el camino, y nos invitan a las organizaciones sociales a hacernos parte de este proceso para propiciar dentro del él fútbol una conciencia de participación por el mejoramiento de la realidad social de cada uno y un cambio en la cultura futbolera asumiendo esta, como un vínculo social en el que compartimos con el otro una pasión que tal vez esté intervenida por el color y la región, pero no por el respeto, la fraternidad, la inclusión y el diálogo de saberes que permitan una convivencia sana y a su vez una integración para el trabajo comunitario que permita mejorar desde lo micro; el fútbol, hasta lo más grande; la sociedad. Pero lo anterior, solo es posible con la vinculación del total de la comunidad en el proceso de re-significación de “Lo social del fútbol” , de entender que eso “social” debe ser entendido como un vínculo con los otros con los que comparto un gusto, una pasión e incluso en un equipo y que esto no puede ser motivo de enfrentamiento sino que por el contrario, el vínculo es eso que nos encuentra y nos pone a caminar juntos, así debe entenderse el fútbol y su rol en la sociedad. Esto debe ser comprendido desde los más chicos, hasta los más grandes, desde los más fieles a los más apáticos, es un cambio que debe generarse desde las políticas públicas hasta las organizaciones de cada barrio y las barras. Es por esto que creemos que abrir un escuela de fútbol en el barrio Porvenir de Bosa, no solo es abrir un espacio deportivo para niños que por sus bajos recursos no pueden asistir a las distintas escuelas de fútbol de la ciudad, sino que también es una apropiación de los espacios públicos arrebatados por la criminalidad y la droga, una incentivación al deporte y una construcción desde este, de una cultura participativa que mejore las condiciones del barrio con la intervención de sus actores. Hacer este proyecto nace en la urgencia que nos surge, como espectadores y amantes del fútbol pero también así mismo en nuestra comprensión de nuestro protagonismo político pero sobre todo humano. Por tal, no estamos ajenos a las distintas manifestaciones violentas que se han presentado en el país y que han dejado un alto número de víctimas, es por eso que nos sentamos a reflexionar desde nuestro lugar de espectadores y ciudadanos. No es un secreto que el fútbol en los últimos tres lustros ha acrecentado los índices de violencia en el país aunque lo preocupante no son las cifras, sino la gran cantidad de víctimas que han quedado impávidas por este fenómeno. Lo que empezó por ser una figura de identidad en el estadio o “la cancha” terminó por volverse riñas en barrios y lugares públicos multiplicando la violencia y con esto el número de poblaciones afectadas, es decir ya no solo es preocupación los enfrentamientos entre barras de fútbol, sino también los índices de drogadicción y criminalidad que afectan las distintas comunidades, enlazando el problema social del fútbol con otros fenómenos sociales mucho más complejos como el narcotráfico y la violación a derechos fundamentales. Colombia es un país en el que se respira fútbol en sus cuatro puntos cardinales, con 36 equipos a nivel profesional, 18 en la División A y el resto en la División B, con tres grandes equipos que aglutinan la mayoría de hinchas como lo son, América, Millonarios y Nacional con sus respectivas barras presentes en Bogotá: por el lado del América con el Disturbio Rojo, Millonarios con dos barras grandes como la Blue Rain y los Comandos azules, el Atlético Nacional con Los del Sur Bogotá, y el Santa Fe que aunque su cantidad de hinchas es menor también hace parte de la lista de barras violentas en la ciudad con la Guardia Albiroja Sur. De esta partimos para explicar la pertinencia de un proyecto de fútbol desde una significación social y cultural, pues actualmente es una de las barras con mayor nivel de organización en el fútbol profesional Colombiano. A pesar de la posible entrada a un post-conflicto, después de casi seis décadas de violencia incesante, los problemas sociales siguen desbordando los barrios, en su mayoría populares y los jóvenes pasaron de ser un problema de criminalidad a objetivos militares por algunas “bandas criminales” que operan en los barrios con la lógica de desaparecer la criminalidad, para “limpiar” la comunidad. Esto no solo expone un problema de barras nada más, sino que interviene en la lógica convivencial de la comunidad e incluso adapta formas del conflicto social y armado y con esto no queremos decir que la problemática esté lejana a esta realidad de violencia. Por todo lo anterior, es necesario abordar la problemática desde adentro, propiciando una apertura de espacios en la que se puedan vincular los distintos actores que tienen rolles dentro de él, ya sea como espectadores o como amantes del juego. Es por eso que formulamos un proyecto que abriera un espacio de inclusión a las nuevas juventudes que están propensas a vincularse a este tipo de dinámica y crear una reflexión, junto con ellos, de cuál es el papel social del fútbol, entendiéndolo como un espacio de vínculo social y no como un campo de batalla y que a su vez, este, de apertura a un lugar deportivo que brinde una posibilidad a los jóvenes de la comunidad que no cuentan con los recursos necesarios para ir a una escuela de fútbol. Una articulación entre el deporte, la participación y la nueva cultura futbolera.