06/07/2023
«No temo al hombre que conoce cien mil técnicas, sino al que ha repetido la misma técnica cien mil veces».
Bruce Lee
«Kudō Masashige era considerado el mejor espadachín de los cinco valles y, como tal, se le había encomendado impartir su maestrazgo entre los jóvenes guerreros de la comunidad. Una vez a la semana, los hijos de las familias goshi del dominio de Anotsu acudían al cobertizo que, a modo de dojo, se había levantado en los terrenos del clan Kudō. Algunos de sus alumnos debían caminar durante media jornada para asistir a sus lecciones, pero la fama de Masashige bien lo merecía. Esta comenzó a forjarse a su regreso de la pacificación de Omi, y se corroboró en los torneos de esgrima que se celebraban cada verano con motivo del festival de Tanabata. Había quien consideraba que, de no tratarse de un simple samurái rural, Masashige habría sido llamado al castillo para servir como maestro de esgrima.
Sin embargo, los samuráis que acudían a presenciar aquel torneo atraídos por la popularidad del «maestro de los cinco valles» solían menospreciar lo que veían diciendo que su forma de luchar era indecorosa, «como la de un perro acorralado». Poco más que una mezcla de cortes, empujones y patadas que en ningún caso podía considerarse una ryūha de esgrima. Una opinión con la que, probablemente, el propio Masashige habría estado de acuerdo.
Kenjirō sabía, porque así se lo había contado su padre, que aquella esgrima desesperada nació entre los samuráis de bajo rango enviados a morir en primera línea durante las invasiones de los bárbaros mongoles. Descabalgados, en inferioridad numérica frente a los vastos ejércitos del Kan y con escasez de flechas, los bushi de vanguardia —poco más que ashigaru a ojos de sus camaradas— debían batirse rodeados de enemigos, lo que dio lugar a una técnica de lucha sobria y brutal, desprovista de la sofisticación de las escuelas capitalinas tan del gusto de los daimios.
Había un orgullo atávico en aquella manera de combatir, era la esgrima de los goshi, y Masashige sabía transmitir ese orgullo a sus alumnos: «Recordad que no hay ninguna escuela superior a otra —solía decirles—, solo hay practicantes mejores y peores». Y había pocos practicantes capaces de hacer frente a Kudō-sensei, lo que convertía la defensa que ese día estaba llevando a cabo su hijo en una hazaña digna de presenciar.
Así que no pocos alumnos comenzaron a congregarse en la galería que rodeaba el dojo, ansiosos por ver a aquel muchacho de trece años que osaba plantarle cara al maestro. La solidez de su guardia y la velocidad de sus movimientos parecían desmentir esa edad, y cada vez que desviaba una de las acometidas de Masashige, cada vez que evitaba una sucesión de golpes y fintas que parecía definitiva, un murmullo recorría a los presentes.
El joven Kenjirō solo podía caer derrotado; tentar el más sencillo contraataque estaba fuera de su alcance y la lluvia de golpes que su padre abatía sobre él lo hacía retroceder constantemente. Aun así, se las arreglaba para no verse arrinconado, para no caer fuera del dojo, para rehacerse cada vez que parecía perder pie ante el ímpetu de su adversario.
Masashige detuvo por un instante sus acometidas y contempló al muchacho que tenía frente a él: le temblaban las piernas, su respiración era desacompasada y resultaba evidente que el bokken le pesaba, pues apenas podía mantener la guardia a la altura debida. Aun así, había una determinación en su mirada que no podía sino conmoverle».
Fragmento de FORJADA EN LA TORMENTA, novela publicada por Suma de Letras.