29/05/2026
Un comentarista hablaba de lo meritoria que es la actitud de Stefanos Tsitsipas, quien se esfuerza para volver a ser el campeón que fue.
El griego desea retomar al sitial, que lo tuvo entre los animadores del circuito ATP.
Aunque la vida lo premió con un lugar entre los mejores del mundo, algo reservado para pocos, él no se conforma y quiere más.
Y con esa actitud consigue el apoyo de muchos, que ven en el campeón caído en desgracia, y que busca renacer, una causa que merece respaldo.
Otros jugadores que han vivido situaciones similares a la de Tsitsipas, hablaron en su momento de lo duro del proceso que atravesaban, al abandonar los puestos de privilegio del tenis mundial.
A mí, eso no me conmueve en lo más mínimo. Más bien, me produce un profundo fastidio.
Tsitsipas debiera estar contento con su carrera, y no mostrarse abatido ya que no la pudo sostener por más tiempo al nivel deseado.
“No llores porque se acabó. Ríe porque ocurrió”, dice una popular afirmación que parece que esos tenistas no conocen.
Hay que ser agradecido y no quejarse. Sobre todo, si se posee una cuenta bancaria abultada, que permite mirar el futuro con extrema tranquilidad.
Pese a los argumentos que expuse, sé que la mayoría encuentra muy loable la perseverancia de Tsitsipas y solidariza con él por su mal momento.
Yo, por mi parte, estoy seguro que resulta mucho más loable la persistencia de los jugadores anónimos.
Los que nadie conoce.
Los que nunca han llegado donde soñaban y así todo perseveran.
Los que juegan M15 por años y años, perdiendo dinero.
Los que duermen y comen en los lugares más baratos posibles.
De esos nadie habla, ni los alaba.
Nadie destaca su empeño, ni garra.
Ellos no están en proceso de volver a algo, ya que nunca han alcanzado un lugar relevante.
Y lo más probable es que nunca lo consigan.
Por lo tanto, valoro mucho más la persistencia de quien jamás ha tenido buenos resultados y sigue insistiendo, que la porfía de quien conoció la fama, la perdió y desea volver a disfrutarla, porque no acepta la realidad y se queja, pues le parece insuficiente todo lo que la vida le ha dado.