01/03/2017
Se venía jugando bien. Un empate en la última fecha sólo sirvió para aleonar a un equipo que garras tenía de sobra. Se jugaba bien. Se ganaba en la cancha. Fuera de ella ni hablar. Bien, pero se la quisieron llevar en la mañosa, con soberbia; se había conversado en la semana, si había que pegar, tirarse, reventar; de aval la camiseta, la rosa-negra. Pero no fue necesario. Pepeligro estaba ahí, se ganaría con lo que más faltó en campeonatos anteriores, con fútbol, con ese que se aprende en la calle, con ese que no se estudió, pese a todos los nervios se jugó al fútbol.
Extraordinario. Se cumplió con lo prometido. Bajar la primera y con carácter, del otro, el importante, ese que no duda de las cualidades, ese carácter que busca siempre más, no le tiemblan las rodillas y mira hacia adelante, por la historia.
Prometía ser una final tensa, difícil. El triunfo 3-2 en la fecha regular no aseguraba nada. Sin embargo de entrada se sacó chapa de equipo grande. Las líneas sabían su rol, cumplieron a cabalidad, cracks, súper cracks.
Cinco minutos. Eternos para el rival, apremiado, es cosa de tiempo. Se abre el marcador. 1-0 que calmaba las ansias y cimentaba el camino a la estrella. Siete minutos después la noche traía gloria. 2-0, pero las ganas y las piernas pedían más. El rival golpeado no encontraba respuesta, cayeron en el juego, ese que hace ver a Pepeligro cómodo en su territorio y asesino en el contrario. El mediocampo se aventuraba cada vez mas al área rival. Caeria el 3-0, la hinchada influía a favor, el tiempo hacia lo suyo. Fin del primer tiempo.
El segundo traía la calma, posesión, un par de tacos, toca y pasa, manejar la cabeza asustada de un rival que creía tener adherida la victoria; se siente, sudan miedo, están descolocados y un autogol es reflejo de ello. 4-0. Pasaron los minutos y el rival salió a buscar lo imposible, definitivamente no era la noche para ellos. Ya se teñia con colores propios. El 4-1 levantó los ánimos y Pepeligro, decidido a terminarlo. Cinco, seis, siete. La voluntad irresistible de no amedrentarse, de rebelarse, fueron más. Se acabó. Un descuento rival no opacaba la celebración. Ya tan grande, era inevitable el destino. 7-2 final. FINAL!
Apareció PEPELIGRO, ya no es época para tener miedo. Preciosa insolencia. El mejor equipo de la Liga reclama lo suyo. La estrella baja por vez primera, ese equipo se la llevó. Pero esto no acaba acá, vamos por más.