15/10/2022
Es la noticia del día y cómo no: Gallardo como técnico no solo ha marcado impacto en su club, River Plate, también lo ha hecho durante todos estos años a nivel continental. El Muñeco, como se le conoce desde sus tiempos de jugador, tomó el mando de un club precedido de traumas recientes y con el peso mediático de responder cuánto antes. Lo hizo a cabalidad durante más de 8 años. De principio a fin.
Si bien cada temporada su equipo se iba desmantelando gracias a los resultados y los millones que tocaban la puerta, fue capaz de reinventar un equipo a través de un fútbol dinámico y agresivo que supo ganar y brindar competencia y espectáculo.
Sereno en las dificultades y agudo en las oportunidades, el Muñeco domó un fierro caliente al que con personalidad y naturalidad transformó en batuta para dirigir una orquesta que puede cambiar caras y, así y todo, ser reconocible.
La partida de Gallardo sin duda dejará con un vacío inmenso a River Plate y también al fútbol sudamericano. Su legado es indesmentible. Sumó títulos nacionales e internacionales; ganó clásicos inolvidables; rescató jugadores que parecían ir a ninguna parte; llevó a otros adonde todos sueñan; e hizo frecuente repletar el estadio incluso en los malos momentos.
Gallardo se va después de haberlo podido hacer mucho antes. Se va después de haber cumplido un proceso amplio y satisfactorio. Ni las derrotas más duras pueden opacar su estilo y compromiso. Ni menos hacer sombra a un técnico que en la cancha dirigía con la cabeza, pero que principalmente estuvo ahí por lo que le exigían sus sentimientos. A veces esto último sale mal. Y lamentablemente en el fútbol de ahora aquello cada vez se ve menos. Es por eso que en este caso la huella de Gallardo, con todos sus logros a cuestas, es todavía más profunda.